Cumbres borrascosas: la belleza no siempre está en la luz.

Stone cottage on a hill with smoke from chimneys and dark clouds overhead
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Autora: Emily Brontë
Primera publicación: 1847
Título original: Wuthering Heights

Stone cottage on a hill with smoke from chimneys and dark clouds overhead
Imagen creada con inteligencia artificial tal como imagino la casa y los páramos.

Hay libros que se leen desde el interés. Otros desde la adicción. Hay novelas cuyos protagonistas nos enamoran, nos irritan o nos acompañan durante días con una intensidad sorprendente. También hay libros que leemos desde el aburrimiento, pero con la sospecha de que nos están enseñando algo nuevo que merece la pena explorar. También están los libros que nos obligan a esforzarnos a cambio de una recompensa muy superior a la dedicación que exigen. 

Y luego hay libros que se leen desde la fascinación.

No hablo solo de admirar una obra o de reconocer su importancia. Hablo de esa sensación casi física, de estar leyendo con los ojos muy abiertos, con una sonrisa involuntaria, con la certeza de que tenemos entre las manos algo que no se parece del todo a nada que hayas leído antes. Una novela que no solo cuenta una historia, sino que altera nuestra manera de entender lo que una novela puede ser.

A mí me ocurrió con Cumbres borrascosas.

Fue una lectura intensa, la novela lo es, pero más allá de eso fue una lectura que me desconcertó y removió. Al cerrar el libro, tuve la sensación de haber atravesado un territorio inhóspito, de haber estado durante días bajo un viento que no cesaba. Y durante meses seguí allí, en los páramos, intentando comprender qué había sucedido.

Cómo llegué a los páramos.

Mi primer encuentro con las hermanas Brontë no llegó directamente a través de sus novelas, sino gracias a la persona con la que he vivido lo que me parece toda una vida, la autora de “Un porche al oeste”. Ella puso en mis manos un clásico imprescindible: Una habitación propia, de Virginia Woolf. 

En ese ensayo, publicado en 1929, Woolf discurre acerca de las condiciones materiales que necesita una mujer para escribir. No se limita a hablar de talento. Habla de dinero, de tiempo, de educación, de libertad, de espacio. Habla de esa habitación propia que no es solo una estancia con una puerta cerrada, sino una posibilidad de desarrollo intelectual. 

¿Cuántas obras no se escribieron porque alguien tuvo que atender una casa? ¿Cuántos poemas quedaron interrumpidos por una obligación doméstica? ¿Cuántas voces fueron educadas para callar antes incluso de saber siquiera qué querían decir?

Woolf se pregunta por las escritoras que lograron abrirse paso en medio de esas dificultades, y entre ellas aparecen las Brontë. Y aquí nos hacemos con ella una pregunta que todavía hoy me resulta una espina incómoda de soportar, más ahora que he podido descubrir el genio de estas mujeres: ¿hasta dónde habrían llegado si hubiesen vivido con las mismas condiciones que los hombres de su tiempo?

Busqué entonces un ejemplar de Cumbres borrascosas, necesitaba conversar con ellas, con su breve legado.

Lo que no sabía es que estaba entrando en una tormenta.

Cuando el viento sopla en contra.

Antes de acercarnos a Cumbres borrascosas, quizá conviene detenerse un momento ante la casa de la que salió.

Las hermanas Brontë retratadas por su hermano Branwell (1834). Fuente: Google.

Charlotte, Emily y Anne Brontë crecieron en Haworth, un pueblo de Yorkshire donde su padre, Patrick Brontë, era pastor anglicano. La rectoría familiar estaba situada al borde de los páramos, junto al cementerio y muy cerca de ese paisaje abierto, áspero y ventoso que después parece tomar vida de sus novelas. Sería demasiado fácil decir que aquel lugar lo explica todo. Ningún paisaje, por poderoso que sea, basta para explicar una obra literaria. Pero tampoco parece casual que de una casa así salieran libros como Jane Eyre, Cumbres borrascosas o Agnes Grey.

Imagen actual de los páramos. Fuente: Google.

Imagino a esas niñas creciendo en una casa donde la muerte no era una idea lejana, sino una presencia demasiado familiar. Su madre, Maria Branwell, murió cuando los hijos eran todavía pequeños. Después llegaron otras dos pérdidas importantes: Maria y Elizabeth, las dos hermanas mayores, murieron con once y diez años tras su paso por el internado de Cowan Bridge, marcado por unas condiciones de vida durísimas. Charlotte recordaría más tarde aquella experiencia en el colegio Lowood de Jane Eyre.

Antes de ser «las hermanas Brontë», Charlotte, Emily y Anne fueron niñas que aprendieron muy pronto el dolor de la pérdida definitiva y la falta de compasión.

Y, sin embargo, en aquella misma casa escribieron sus grandes obras.

La historia de las Brontë no es singular puesta en contexto: la enfermedad, el duelo temprano y las limitaciones impuestas a las mujeres formaban parte del mundo que les tocó vivir. Lo singular, fue la manera en que su imaginación se negó a quedarse quieta. Charlotte, Branwell, Emily y Anne inventaban mundos desde pequeños y escribían sobre ellos en libros casi secretos, y así encontraron una puerta trasera por la que escapar de la crueldad del mundo real.

Hay que decir que la familia no era miserable, pero tampoco rica. Las Brontë no crecieron en la indigencia, pero sí les tocó transitar la precariedad: una familia respetable que no podía permitirse demasiadas libertades y por lo tanto las hijas debían pensar en cómo ganarse la vida. Charlotte, Emily y Anne trabajaron en algún momento como maestras o institutrices. Branwell, su hermano, intentó distintos caminos: fue empleado de ferrocarril, pintor, tutor. Ninguno de ellos parecía destinado a vivir de la literatura. Y aun así, todos siguieron escribiendo.

Me resulta inspirador ese empeño incesante. Escribir después de trabajar. Escribir sin saber si alguien leería. Escribir siendo mujer. Pienso que en ese acto de escribir, encontraron las hermanas una forma de supervivencia.

No nos olvidemos de los seudónimos masculinos: Currer, Ellis y Acton Bell. Charlotte, Emily y Anne se vieron obligadas a esconderse porque sabían que sus libros podían ser juzgados antes por el hecho de ser mujer que por su valor literario. Ellas querían que las leyeran sin sesgos ni desconfianzas. Querían una oportunidad en igualdad de condiciones, o al menos algo que se pareciera a una oportunidad.

Emily fue Ellis Bell.

Cumbres borrascosas apareció en 1847, y Emily murió al año siguiente de tuberculosis, enfermedad que se cebaría con la familia y con apenas treinta años. No hubo tiempo para una segunda novela. No hubo una trayectoria larga. No hubo entrevistas, explicaciones ni defensa pública de su obra. De Emily Brontë como novelista solo tenemos un libro.

Solo uno.

Todo lo que pudo decir como novelista está ahí: en Heathcliff, en Catherine, en los páramos, en las casas enfrentadas, en esa estructura de voces que se completan unas a otras, en esa mezcla de violencia, deseo, memoria rencorosa. Nunca sabremos hacia dónde habría ido después. No sabemos si habría escrito algo más sereno, más oscuro o completamente distinto.

Creo que es importante seguir explorando la vida de esta familia ya que la tragedia no se detuvo con Emily. Branwell había muerto poco antes, en el mismo año que Emily (1848) después de años de sufrimiento físico y emocional por tuberculosis y adicto al láudano. 

Anne murió en 1849, con solo veintinueve años, también a causa de la tuberculosis. Esto es un año después que Branwell y Emily.  La inquilina de Wildfell Hall y Agnes Grey fueron sus grandes novelas, de las que también hablaré en otro texto pues bien merecen el esfuerzo y la atención.

En muy poco tiempo, Charlotte quedó como la gran superviviente de aquella generación de hermanos. La casa que había sido un pequeño laboratorio de imaginación se fue convirtiendo, una vez más, en una casa atravesada por el duelo.

Y fue Charlotte quien se dedicó a la tarea de proteger la memoria de Emily y Anne. 

En 1850, cuando se preparó una nueva edición de Cumbres borrascosas y Agnes Grey, Charlotte escribió una nota biográfica sobre Ellis y Acton Bell y un prefacio para la novela de Emily. En esos textos reveló quiénes estaban detrás de aquellos seudónimos y trató de plantar cara, con prudencia y atendiendo a las limitaciones de su época, al desconcierto que había provocado Cumbres borrascosas. Muchos lectores no sabían cómo entender una novela tan inaudita, tan poco “femenina” según los prejuicios del momento, tan alejada de lo que se esperaba de una escritora.

Pienso en Charlotte realizando esa tarea, redactando esos textos, tomando esa determinación. No solo como escritora, sino como hermana. Reclamando que el mundo mirara por fin a Emily. Que no la redujera a una rareza. Que no confundiera la crudeza de su novela con falta de talento. Que no olvidara el nombre de la mujer que había detrás de Ellis Bell.

En cierto modo, Charlotte le dio una segunda vida a Cumbres borrascosas. La novela la alumbró Emily al escribirla. La oportunidad de ser leída se la dio su hermana al defenderla cuando Emily ya no podía hacerlo.

Y quizá por eso, al leer la vida de las Brontë, uno siente que el viento de Cumbres borrascosas no empieza en la primera página de la novela. Venía de antes. Venía de Haworth, de la rectoría, de los páramos, de las pérdidas tempranas, de las historias inventadas en la infancia, de las habitaciones donde unas mujeres jóvenes escribieron a pesar de todo.

Escribieron con el viento en contra.

Y aun así, hay belleza.

Así pues, Cumbres no apareció como esos clásicos que el tiempo ha terminado volviendo respetables y tranquilos. Al principio fue una obra incómoda, extraña, difícil de clasificar. No parecía escrita para agradar ni para encajar. Llegó al mundo literario con violencia, con una fuerza que desconcertó a muchos de sus primeros lectores.

De hecho, creo que Cumbres borrascosas demuestra su fuerza en algo muy evidente: casi dos siglos después de su publicación, sigue provocando estupor en quienes se acercan a ella por primera vez. Incluso en un tiempo acostumbrado a la sobreexposición audiovisual, a la intensidad constante de las imágenes y a los relatos extremos, la novela conserva intacta su capacidad de incomodar, arrastrar y yo diría que incluso escandalizar.

Muy al contrario de la fama que hoy en día tiene (ahora gracias al cine más errónea si cabe), me gustaría resaltar que Emily Brontë no escribió una novela romántica, no podemos catalogar Cumbres borrascosas dentro de este género. Tampoco escribió una historia gratificante sobre la recompensa de hacer el bien y el castigo final de hacer el mal. Escribió una obra áspera, feroz, llena de heridas sangrantes, donde los sentimientos más que humanizar o ennoblecer a quienes los padecen, embrutecen y torturan. A veces los deforman. A veces los vuelven crueles. A veces los arrastran hacia una forma de destrucción que nadie sabe detener.

La relación entre Catherine y Heathcliff se ha leído muchas veces como una gran historia de amor. Entiendo por qué. Hay en ella una intensidad que parece romper los límites normales de la vida. Sin embargo bajo mi punto de vista, Cumbres borrascosas habla de todo menos de amor. 

Cumbres es posesión, dependencia, orgullo, clase social, herida narcisista, imposibilidad de aceptar que el otro exista separado de uno mismo.

Catherine no ama a Heathcliff como se ama a alguien con quien se desea construir una vida. Lo ama como se ama una parte de una misma que no se puede amputar sin morir.

Y Heathcliff no ama a Catherine con generosidad. La ama desde una herida que ha decidido convertir en su destino. 

Esta novela resulta incómoda y oscura porque no nos permite refugiarnos en una lectura sentimental. Emily Brontë no embellece la pasión, la muestra en su oscuridad y desde el daño.

Y, aun así, hay belleza en todo eso.

No sé cómo explicarlo del todo. No es una belleza fácil ni agradable, pero está ahí, en medio de la oscuridad, del viento en los Páramos, de ese paisaje desolador, de ese torrente de emociones descontroladas. Es una belleza que eriza la piel y no sabes ni cómo ni por qué. Esta es mi experiencia.

Una novela construida como una caja dentro de otra caja.

Uno de los aspectos que más me deslumbró al leer Cumbres borrascosas fue su estructura. Cuando al inicio de este texto hablo de “fascinación” me refiero precisamente a esto, el libro está escrito de una forma tan inteligente y embaucadora que no te deja salir del asombro. 

Emily Brontë no se limita a sentarnos ante una historia y contárnosla de manera lineal. Nos hace entrar por capas. Primero aparece Lockwood, un inquilino llegado de fuera, alguien que no entiende del todo el mundo al que ha llegado. Después aparece Nelly Dean, criada y testigo, que empieza a reconstruir para él la historia de las familias Earnshaw y Linton. Y dentro de ese relato aparecen cartas, recuerdos, confesiones, fragmentos de diario, voces que se cruzan y se contradicen.

En no pocas fuentes consultadas para este texto se habla de esta estructura como de una muñeca matrioska. Una voz contiene a otra voz, un relato contiene otro relato, como las muñecas rusas. Nadie nos entrega la verdad completamente limpia. Todo pasa por alguien: por su memoria, su clase social, su resentimiento, su miedo, su juicio moral.

Esto convierte al lector en algo más que un receptor. Nos obliga a sospechar. A preguntarnos cuánto entiende Lockwood, cuánto oculta Nelly, cuánto ha deformado el paso del tiempo, cuánto hay de verdad y cuánto de interpretación en cada escena.

No sé si puede decirse que Emily Brontë inventó una forma de escribir, y desde luego me falta conocimiento como para afirmar tal cosa, pero al leer Cumbres borrascosas se tiene esa sensación. Como si hubiera encontrado una estructura narrativa propia. 

Esto fue lo primero que me atrapó y fascinó de la novela y creo que es especialmente destacable ya que aporta una experiencia lectora muy especial. No estamos solo leyendo lo que les ocurrió a Catherine, Heathcliff y las dos familias enfrentadas. Podemos incluso escuchar lo que escuchan las paredes de las dos casas.

Los páramos como protagonista.

El paisaje de Cumbres borrascosas no es un decorado. No está ahí solo para acompañar la historia ni para darle una atmósfera más intensa. Los páramos son un personaje más dentro de la novela. Pesan sobre los personajes, los aíslan, los endurecen, los empujan hacia dentro de sí mismos y hacen que todo lo que ocurre aparezca ligado a ese lugar.

Disfruto mucho con las novelas en las que el espacio tiene personalidad propia y forma parte de la historia (El cuarteto de Alejandría o Los pazos de Ulloa serían claros ejemplos de esto). Los páramos no hablan, pero imponen una manera de habitar el mundo de sus protagonistas. 

Las dos casas principales funcionan como dos fuerzas enfrentadas: Cumbres borrascosas y la Granja de los tordos. Están muy cerca la una de la otra, pero pertenecen a mundos opuestos. 

Cumbres borrascosas es una casa expuesta. Parece hecha para resistir, no para acoger. Todo en ella remite a la dureza: la piedra, el viento, los umbrales, las habitaciones cerradas, la sensación de que cada rincón conserva algo de lo que ha sucedido allí, las paredes hablan. Es una casa incómoda, poco amable y parece que se encuentra a la defensiva. Parece de hecho haber absorbido la violencia de la novela.

La Granja de los tordos, en cambio, representa otra forma de vida. Es el espacio del orden, de la educación, de las normas sociales, hay una cierta luz cuando transitamos hacia esta ubicación en la novela. Frente a la intemperie de Cumbres borrascosas, la Granja parece ofrecer refugio. Pero ese refugio tiene un precio: exige renuncias. No es simplemente “la casa buena” frente a “la casa oscura”. Representa el precio a pagar y éste es muy alto.

Catherine Earnshaw pertenece al páramo, pero desea también la seguridad de la Granja. Quiere conservar su parte salvaje y, al mismo tiempo, entrar en un mundo más protegido, más aceptado, más conveniente. En esa tensión se rompe algo esencial de ella.

Heathcliff, en cambio, llega sin pertenecer a ninguna parte. Es un niño encontrado, sin origen claro, sin nombre familiar, sin protección. Crece dentro de Cumbres borrascosas y fuera de ella al mismo tiempo. Habita la casa y con la familia, pero nunca termina de ser aceptado por ella. Es acogido y rechazado, amado y humillado, convertido primero en extraño y después en amenaza.

Por eso los espacios se sienten como un personaje más dentro de la novela. En Cumbres borrascosas, las casas no son simples escenarios donde los personajes aman, sufren o se destruyen. Son parte de esa destrucción. Guardan las heridas, las repiten, las transmiten. Los páramos, Cumbres borrascosas y la Granja de los Tordos forman una especie de triángulo por el que discurre toda la novela.

Sucede de hecho que con el paso de los meses y los años, cuando uno recuerda esta novela, no recuerda solo a Heathcliff o a Catherine. Recuerda con especial fuerza los páramos. Recuerda la casa, recuerda Cumbres borrascosas.

Y todavía parece sentir en los huesos el frío y la humedad.

El escalofrío que recorre la novela.

Hay algo en Cumbres borrascosas que produce escalofrío y que no depende solo de sus escenas más abiertamente fantasmales.

El escalofrío está en el bucle en el que atrapa a sus personajes.

Es una de las zonas más perturbadoras de la novela: la manera en que el sufrimiento no se convierte en empatía. Haber padecido injusticia no convierte automáticamente a nadie en justo. Heathcliff es una de las grandes creaciones de la literatura precisamente porque se resiste a la simplificación. 

No podemos absolverlo, ni tan siquiera apiadarnos y empatizar con él. Algo parecido ocurre con Catherine. Reducirla a heroína romántica sería empobrecerla. Catherine es contradictoria y caprichosa, ella quiere conservar intacta una parte salvaje de sí misma, pero también desea entrar en una estructura que exige domesticarla. 

Los nombres se repiten. Las casas se heredan. Los niños pagan deudas emocionales que no contrajeron. La violencia vuelve una y otra vez, no hay escapatoria. No voy a profundizar más aquí ya que no quiero quitarte el placer de descubrir la novela si estás leyendo esto y aún no la has experimentado (porque Cumbres borrascosas no se lee, se experimenta).

No son personajes cómodos y no están hechos para gustarnos. Por eso siento que funcionan muy bien como espejo en que mirar la parte más oscura de nuestro ser y reconocer que todos tenemos esa oscuridad en nuestro interior, domada tal vez, pero no por eso deja de darnos miedo el mirarla a los ojos. 

Un clásico que no se deja domesticar.

Cumbres borrascosas no enseña una lección sencilla. No nos dice cómo amar, cómo perdonar ni cómo vivir. Ni siquiera en forma indirecta. 

Más bien nos muestra lo que ocurre cuando el amor se mezcla con el orgullo, cuando la memoria no encuentra descanso ni perdón, cuando una casa conserva durante demasiado tiempo la herencia de una herida.

Creo que por eso me sigue pareciendo una obra de arte tan extraña y tan perfecta. Porque no intenta agradar ni moralizar. No busca tranquilizarnos, nos deja en los páramos, perdidos, mirando a los ojos de la parte más oscura del ser humano mientras un escalofrío recorre nuestro cuerpo.

Y allí, en los páramos, bajo un viento que nunca sopla a favor, comprendemos que también hay belleza en las obras que no ofrecen consuelo, sino que nos obligan a mirarnos en un espejo que nos devuelve demasiada profundidad. 

Cuando uno transita por las páginas de Cumbres borrascosas ya no sale nunca del todo.

Libro recomendado para seguir explorando.

Elizabeth Gaskell, Vida de Charlotte Brontë.
Aunque está centrado en Charlotte, es una puerta de entrada muy valiosa al mundo familiar de las Brontë, a Haworth, a las pérdidas familiares y a la construcción temprana de su inmortalidad.
https://www.albaeditorial.es/clasicos/alba-minus/vida-de-charlotte-bronte/ 

Fuentes utilizadas.

Brontë Parsonage Museum, “The lives of the Brontës”.
Brontë Parsonage Museum — “The lives of the Brontës” (The Brontë Parsonage Museum)

Poeta maldito y ‘enfant terrible’: la historia de Branwell, la oveja negra de la familia Brontë. https://www.elconfidencial.com/cultura/2023-10-16/poeta-maldito-y-enfant-terrible-la-historia-de-branwell-la-oveja-negra-de-la-famillia-bronte_3754129/ 

The British Library, “Emily Brontë’s Wuthering Heights”.
The British Library — “Emily Brontë’s Wuthering Heights” (British Library)

Charlotte Brontë, “Biographical Notice of Ellis and Acton Bell” y “Editor’s Preface to the New Edition of Wuthering Heights”, 1850.The Brontës — Charlotte Brontë, “Biographical Notice” y “Editor’s Preface”, 1850 (Los Brontë)

RTVE, “Escritoras que tuvieron que publicar con seudónimos masculinos”.
RTVE — “Escritoras que tuvieron que publicar con seudónimos masculinos” (RTVE)

National Geographic en Español, “Entre seudónimos y tragedias: 4 datos sobre Emily Brontë y su libro Cumbres Borrascosas”.
National Geographic — “4 datos sobre Emily Brontë y su libro Cumbres Borrascosas” (National Geographic)

M. V. Redondo, “Cumbres borrascosas en contexto: singularidad hermenéutica en tradiciones narrativas”, Dialnet.
Dialnet — M. V. Redondo, Cumbres borrascosas en contexto (Dialnet)

Rafael Galán Moya, Identidad y deseo en “Cumbres Borrascosas”, Universidad de Cádiz, Dialnet.
Dialnet — Rafael Galán Moya, Identidad y deseo en “Cumbres Borrascosas” (Dialnet)

Uso de inteligencia artificial.

Este texto ha contado con apoyo de inteligencia artificial para la corrección de erratas, la estructuración de ideas y la revisión general de coherencia y estilo. La lectura, el enfoque, la interpretación y la redacción final forman parte del trabajo personal.

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