Nos separa un siglo.
Pero seguimos conversando.
Me ha costado mucho construir y redactar este texto. No porque me falten cosas que decir sobre Emilia Pardo Bazán, sino porque tengo demasiadas. Su vida da giros en tantas direcciones, su obra es tan extensa y su lucha fue tan tenaz que cualquier intento de abordarla parece condenado a dejar algo importante fuera.
También he de decir que escribo con absoluta humildad y temor a no hacer justicia a doña Emilia. Me impone un tremendo respeto escribir sobre alguien a quien admiro tanto. Temo simplificar una vida que no tuvo nada de sencilla, no encontrar las palabras adecuadas o convertir en una figura estática a una mujer que estuvo siempre pensando, escribiendo, viajando, discutiendo y avanzando.
Aun así, necesitaba hacerlo. No como experta en literatura española de finales del siglo XIX, ni en realismo o naturalismo. No lo soy y estoy muy lejos de serlo. Escribo desde el placer que me produce leerla y desde la conexión que siento con su persona. Emilia tenía que estar en Nínive.
Estas líneas son un homenaje personal a doña Emilia: la novelista, por supuesto, pero también a la periodista, la crítica, la lectora, la editora, la intelectual y la mujer que defendió su derecho a intervenir en el mundo. Quiero escribir sobre su ambición, su humor, sus contradicciones, sus amores y su negativa a aceptar el espacio reducido que otros le habían asignado.
No voy a detenerme aquí en el análisis de sus novelas. Los pazos de Ulloa y La madre naturaleza tendrán su propia entrada, donde también quiero explorar su inesperada conexión con Cumbres borrascosas. Insolación merece otro texto completo porque allí encontramos a Emilia en pleno estado: inteligente, audaz, irónica y dispuesta a hablar del deseo femenino sin pedir disculpas.
También espero regresar algún día a sus cuentos. Apenas he leído una decena y son centenares, escritos durante buena parte de su trayectoria, y constituyen una parte central de su obra. Por ahora quedan anotados en esa lista de lecturas pendientes que no deja de crecer.
«Tengo por importante entre todos el concepto de que la novela ha dejado de ser obra de mero entretenimiento, modo de engañar gratamente unas cuantas horas, ascendiendo a estudio social, psicológico, histórico, pero al cabo estudio». Emilia Pardo Bazán, prefacio a Un viaje de novios, 1881.

Cómo nos conocimos, a destiempo y por casualidad.
Debería poder decir que conocí a Emilia Pardo Bazán durante mi adolescencia.
Debería recordar alguna clase de Lengua y Literatura, una explicación sobre el naturalismo o una profesora que escribiera su nombre en la pizarra. Debería poder decir que Los pazos de Ulloa fue una lectura obligatoria entre los trece y los diecisiete años y que, aunque entonces no supe apreciarla, aquella primera Emilia se quedó esperando a que yo creciera.
Pero no recuerdo nada de eso.
Es posible que la mencionaran y que yo no prestara atención. A Emilia no la recuerdo. A quien sí recuerdo es a Benito Pérez Galdós, Fortunata y Jacinta, los Episodios nacionales…
Galdós estaba allí. Emilia no.
Menciono a Galdós (pudiendo mencionar a muchos otros grandes autores) por una razón muy concreta, después hablaré de ello. ¿Ya sabes a qué me refiero?
Haciendo honor a la verdad, conocí a Emilia siendo ya adulta, en 2021, durante el centenario de su muerte. Fue en Bilbao, en el Ja! Festival, un encuentro dedicado a la literatura y el arte con humor. La historiadora Isabel Burdiel, el escritor Antonio Orejudo y Carolina Ontivero conversaron sobre una faceta de Pardo Bazán que suele quedar detrás de su imagen más combativa: su sentido del humor, su ironía y la sorna que utilizaba tanto en sus escritos como en sus disputas públicas.
Fue una manera perfecta de conocerla.
Aquello no era un homenaje solemne organizado por una efeméride. Nos reímos con ella. Empezamos a entender cómo observaba a los demás, cómo podía desarmar una situación con una frase y cómo se defendía de sus adversarios sin renunciar al placer del ingenio.
Por ejemplo, cuando José María de Pereda la acusó de padecer «la comezón de meterse en todo», Emilia no se retiró ni pidió disculpas por hablar, le contestó:
«Bien puede vivir tranquilo el Sr. Pereda; de sus libros hablaré siempre, mientras hable de libros modernos españoles; absorba una dosis de bromuro».
Era una declaración: ningún enfado masculino iba a decidir los límites de su trabajo.
Así empezó nuestra anacrónica amistad. Emilia Pardo Bazán comenzó, desde ese día, a ocupar un espacio muy importante en mi vida.
Una vida demasiado grande para el espacio que le habían reservado.
Emilia Pardo Bazán nació en A Coruña en 1851. Fue hija única de José Pardo Bazán y Amalia de la Rúa Figueroa y creció en una familia perteneciente a la nobleza gallega que pudo proporcionarle una educación poco habitual para una niña de su tiempo. Su posición social le dio acceso a libros, idiomas, viajes y ambientes culturales que estaban fuera del alcance de la mayoría de las mujeres españolas.
Es importante tenerlo presente porque su historia no puede separarse de ese privilegio. Emilia contó con oportunidades que muchas otras mujeres nunca tuvieron. Pero es igualmente cierto que el privilegio económico y social no anulaba las restricciones asociadas a su sexo. Podía leer, viajar y formarse, pero seguía viviendo en una sociedad que consideraba la ambición intelectual femenina una anomalía y que aceptaba mucho mejor a una mujer culta cuando su cultura no aspiraba a salir de las puertas de su casa.
Se casó muy joven con José Quiroga y tuvo tres hijos. Su vida fue transcurriendo entre Galicia, Madrid y numerosos viajes por Europa. Cada uno de esos lugares ocupó un espacio distinto en su formación y en su escritura.
Galicia fue el lugar al que pertenecía: el paisaje, la memoria, la lengua escuchada desde la infancia y buena parte de la materia con la que construyó su obra. Allí estaban A Coruña, Santiago, las Torres de Meirás y ese mundo rural gallego del que nos mostró tanto su belleza como su dureza.
De las torres, lugar de encuentro para escritores e intelectuales, conocido por sus largas tertulias, diría después Unamuno al fallecimiento de Emilia en 1921:
«¡Cómo olvidar aquellos días serenos, en el verano mimoso de Galicia, de la torre de Meirás y aquellas prolongadas charlas de largas sobremesas!

Madrid representaba otra cosa. Era el centro de muchos de los debates culturales de su tiempo, el lugar donde se encontraban las tertulias, los periódicos, las editoriales, los teatros y buena parte de las personas con las que quería conversar y discutir. Emilia no viajaba a Madrid para contemplar desde fuera la vida intelectual española. Quería participar en ella.
Europa, por su parte, le permitió conocer otras literaturas, otras ideas y otras formas de comprender el mundo. Viajó por Francia, Italia, Alemania, Austria e Inglaterra, visitó exposiciones, asistió a congresos y siguió de cerca las corrientes literarias que estaban transformando la novela europea. Aquellos viajes no fueron únicamente una forma de ocio propia de su posición social. Formaron parte de su educación y de su manera de entender el oficio de escribir.
No fue una mujer apartada del mundo, trabajando desde la soledad de una casa señorial. Emilia frecuentó tertulias, teatros, redacciones, conferencias y salones. Leyó a sus contemporáneos, mantuvo correspondencia con ellos, discutió sus obras y quiso participar en las mismas conversaciones en las que intervenían los escritores de su generación.
Su procedencia le abrió puertas, pero ella decidió cruzarlas. Y, una vez dentro, no se conformó con ser una invitada modosita y discreta.
Emilia fue católica durante toda su vida y, en su juventud, se acercó al carlismo después de la Revolución de 1868. Con el tiempo se distanció de sus posiciones más intransigentes, aunque nunca abandonó su fe ni dejó de considerarse políticamente conservadora.
Al mismo tiempo, mostró una curiosidad intelectual que no parecía sentirse amenazada por las ideas ajenas. Leyó a autores con los que no siempre estaba de acuerdo (como Émile Zola), se interesó por las corrientes literarias más discutidas del momento y defendió su derecho a estudiarlas y hablar de ellas sin que aquello implicara aceptarlas por completo.
Tampoco fue una mujer fácil de clasificar y creo que no le habría gustado demasiado que lo intentáramos. Fue católica, conservadora y perteneció a una clase privilegiada, pero nada de eso le impidió mirar más allá del mundo en el que había nacido. Leyó, viajó, discutió ideas que no siempre compartía y defendió que las mujeres tuvieran una vida y una voz propias. Quiso entrar en las instituciones de su tiempo, sí, pero no para permanecer en ellas callada y agradecida.
Estas contradicciones no son un inconveniente que quiera minimizar para poder admirarla. Son parte de ella.
No necesito convertir a Emilia en una figura perfectamente coherente con mi propio sistema de valores. Tampoco quiero mirarla desde el presente y exigirle que responda correctamente a todas nuestras demandas. Prefiero acercarme a ella con sus evidentes luces y sus zonas menos fáciles.
No concibo la amistad si esta no admite la discrepancia y la discusión.
Emilia Pardo Bazán: la inevitable.

Creo que nada expresa mejor la trascendencia y el tesón de Emilia que el apodo que José Zorrilla le puso, curiosamente, con intención despectiva: «la inevitable».
Según la anécdota transmitida por sus contemporáneos, el poeta llegó a un banquete, supo que Emilia también estaba invitada y se lamentó: «La… inevitable». Lo que pretendía ser una muestra de fastidio terminó resumiendo aquello que la hacía extraordinaria: su empeño en participar en la vida cultural y su negativa a desaparecer cuando muchos habrían preferido no verla.
En aquel ambiente masculino, su presencia podía interpretarse casi como una invasión: publicaba, opinaba, viajaba, asistía a actos, discutía y no mostraba intención alguna de retirarse discretamente.
Emilia era inevitable porque había decidido serlo, le pesara a quien le pesara.
Hay algo importante sobre lo que quiero poner el foco: Emilia no se limitó a publicar novelas y cuentos. Escribió ensayos, artículos periodísticos, crítica e historia literaria, teatro, libros de viajes y conferencias.
Su trabajo en torno al naturalismo tampoco consistió en importar obedientemente las ideas de Émile Zola. En La cuestión palpitante —que ya he mencionado y sobre la cual puedes leer más en las fuentes de este texto— examinó, discutió y adaptó aquellas propuestas desde sus propias convicciones. Parte del escándalo no procedía únicamente de lo que decía, sino también de quién se atrevía a decirlo. Una mujer casada y madre estaba entrando en un debate literario reservado a los hombres, y lo hacía con conocimiento, seguridad y voluntad polémica.

La caricatura de Sileno titulada La inevitable en París, publicada en la revista Gedeón en 1900, la muestra con una figura desproporcionada que ocupa casi toda la escena, junto a algunos de los grandes símbolos de París. La imagen puede interpretarse como una burla sobre su físico, pero también sobre la idea de que Emilia estaba en todas partes: viajaba, asistía a tertulias, impartía conferencias y participaba en los debates culturales europeos.
Había pocas formas de castigar esa clase de atrevimiento que no pasaran por intentar ridiculizarla. O tal vez algunos no supieron discutir con ella sin intentar ridiculizarla, eso habla más de ellos que de ella.
Opinaron sobre su cuerpo, su peso, su forma de vestir y su manera de ocupar espacios. Fue objeto de caricaturas y comentarios en los que el juicio físico servía para desacreditar su autoridad intelectual. El mensaje era antiguo y bastante reconocible. ¿Hasta qué punto nos hemos alejado hoy de estas actitudes?
Emilia no se hizo pequeña, pero intuyo su cansancio. La verdad es que no sabemos qué efecto tuvieron en ella las burlas y los ataques. No creo que fuese una mujer ajena a los mismos sentimientos que cualquiera de nosotras. De hecho, en un artículo publicado en 1907 bajo el título «Mis retratos y mis caricaturas», explicó que el «exceso de malignidad» y el «deseo de mortificar» habían guiado con frecuencia a quienes la dibujaban:
«El caso era afearme horriblemente, convertirme en una especie de foca o de hipopótamo».
Explica, además, cómo no solo se atacaba lo que escribía, sino que se alteraban su ropa y su aspecto para convertirla en una mujer supuestamente masculinizada, poco femenina o fuera de lugar. Ante la caricatura que la representaba fumando un puro y calzando botas de guardia civil, respondió que el dibujante «debió calzarles botas a mis libros, no a mis pies».

Lo que sí conocemos es su respuesta pública: continuó escribiendo, publicando, interviniendo y reclamando su lugar. Cuanto más intentaban reducirla a una caricatura, más obra producía.
Clarín también fue duro e injusto con ella. Sobre su novela Insolación escribió:
«Antipático poema de una jamona atrasada de caricias».
También recuperó el apodo de «la inevitable» y criticó con dureza su actividad periodística, su revista Nuevo Teatro Crítico y lo que consideraba una excesiva exposición pública. Sin embargo, al mismo tiempo reconocía su talento, su fama y la influencia de sus opiniones.
Quiero hacer un pequeño alto aquí para dejar claro que en mi opinión, podemos admirar profundamente La Regenta —yo lo hago— y reconocer el enorme valor literario de Clarín sin justificar todos sus actos y sus palabras. No quiero reducirlo a sus ataques contra Emilia ni negar la importancia de su obra.
Dicho esto, no se puede negar que Leopoldo Alas no estaba haciendo una crítica literaria lúcida y objetiva. Estaba atacando a una mujer a través de su edad, su cuerpo y su deseo.
Sospecho que ahí estaba parte de la hostilidad que provocaba: en la incomodidad ante la presencia de semejante mujer y, al mismo tiempo, en la imposibilidad de negar su altura y su talento.

Pues bien, en 1905 Emilia se convirtió en la primera mujer admitida como socia de pleno derecho del Ateneo de Madrid y, al año siguiente, fue también la primera en presidir una de sus secciones: la Sección de Literatura.
En 1908 recibió el título de condesa de Pardo Bazán por sus propios méritos literarios. En 1910 fue nombrada consejera de Instrucción Pública y, en 1916, obtuvo la cátedra de Literatura Contemporánea de Lenguas Neolatinas en la Universidad Central de Madrid.
No son simples honores acumulados al final de una biografía. Cada nombramiento significó la entrada de una mujer en un espacio que hasta entonces se había concebido como masculino.
Y, aun así, hubo una puerta que no le quisieron abrir.
Los caminos que abrió Emilia y el sillón que le negaron.
La defensa que Emilia hizo de las mujeres fue muy concreta y tuvo en la educación uno de sus centros. En el Congreso Pedagógico de 1892 denunció que la formación femenina no estaba pensada para desarrollar plenamente sus capacidades, sino para prepararlas para el matrimonio y convertirlas en esposas obedientes.
Ella reclamaba algo mucho más profundo: que las mujeres fueran reconocidas como individuos y pudieran decidir sobre su propia vida.
«Aspiro, señores, a que reconozcan que las mujeres tienen destino propio; que sus primeros deberes naturales son para consigo mismas, no relativos y dependientes de la entidad moral de la familia que en su día podrán constituir o no constituir».
Me parece muy poderoso que hablara de un «destino propio». Defendía su derecho a tener una existencia que no dependiera necesariamente del matrimonio, de la maternidad o de la voluntad de los hombres de su familia.
Su defensa tampoco quedó limitada a los discursos y los artículos. Ese mismo año creó y financió La Biblioteca de la Mujer, una colección desde la que publicó obras como La esclavitud femenina, de John Stuart Mill, y La mujer ante el socialismo, de August Bebel. Utilizó el dinero, los contactos y el prestigio que poseía para introducir en España algunos de los debates europeos sobre la emancipación femenina.
Emilia consiguió abrir muchas puertas, pero hubo una cuyos candados permanecieron cerrados desde dentro.
Cuando Emilia aspiró a ocupar un sillón en la Real Academia Española, no estaba solicitando una concesión amable ni un reconocimiento simbólico. Su obra, sus conocimientos literarios, su prestigio y su participación en la vida cultural española justificaban sobradamente su candidatura.
No le faltaban libros. No le faltaba reconocimiento. No le faltaba autoridad intelectual. Lo que le faltaba, a ojos de buena parte de la institución, era ser un hombre.
Intentó acceder a la Academia en varias ocasiones y encontró resistencias que no pueden explicarse de otra manera que no sea la del género. Algunos de sus contemporáneos se burlaron incluso de la posibilidad de que una mujer ocupara uno de aquellos sillones.
Juan Valera consideraba una «disparatada cursilonería» que Emilia entrara en la Academia y temía que la admisión de más escritoras convirtiera la institución en un «aquelarre». Clarín llamó «marimachismo» a su defensa de las mujeres y ridiculizó su empeño en verlas dentro de Academias, Ateneos y Universidades.
De nuevo queda claro que no estaban juzgando su literatura sino que estaban defendiendo un espacio que creían exclusivamente suyo.
<<[…] sino la firme convicción de la disparatada cursilonería de que trajésemos a doña Emilia a pedantear entre nosotros, sentada. Y no sería esto lo peor, sino la turba de candidatos que nos saldrían luego. Tendríamos a Carolina Coronado, a la Baronesa de Wilson, a doña Pilar Sinués y a doña Robustiana Armiño. Por poco que abriésemos la mano, la Academia se convertiría en aquelarre.>> (Fuente: Correspondencia IV, 347).
<< Sea como sea doña Emilia se presenta a defender la enseñanza de la mujer, causa por sí nobilísima, con un radicalismo, con unos aires de fronda y con un “marimachismo,” permítaseme la palabra, que hacen antipática la pretensión de esa señora, ya de suyo vaga, inoportuna, prematura y precipitada. Uno de los pruritos, casi pudiera decirse manía, de la ilustre dama, consiste en el afán de mezclar a hombres y mujeres, de hacerlos andar juntos y codearse en Academias, Ateneos y Universidades. (Fuente: Citado en Charques Gámez 2003:161, nota 109)

En 2021, un siglo después de su muerte, la propia Real Academia le dedicó una jornada de homenaje y representó aquella ausencia mediante una simbólica «silla 47», un sillón inexistente entre los cuarenta y seis que componen la institución.
El gesto podía leerse como una reparación simbólica. El gesto llegó cien años tarde.
Por supuesto que Emilia no necesitaba aquel sillón para demostrar quién era. Su obra no se hizo más pequeña porque la dejaran fuera. Fue la Academia la que mostró sus propios límites y deficiencias al ser incapaz de reconocerla como una igual.
El sillón no habría convertido a Emilia Pardo Bazán en una escritora más importante. Pero su ausencia sí hace más pequeña a la Academia.
Todas conocemos aquellos años como una época gloriosa de las letras españolas, y lo fue. Galdós, Clarín, Valera, Pereda, Unamuno, Baroja, Azorín o Valle-Inclán forman parte de un periodo de una riqueza literaria extraordinaria.
Pero una época culturalmente brillante también suele ser profundamente injusta.
El problema no fue que no existieran mujeres con talento. El problema fue que se les obligó a luchar por espacios que sus compañeros tenían asegurados. Algunas consiguieron publicar y ser conocidas. Otras fueron desapareciendo de los programas escolares, de las reediciones y de nuestra memoria compartida.
Y no sabemos cuántas voces se perdieron antes siquiera de llegar a una imprenta.
Las otras Emilias.
Emilia Pardo Bazán es mi amiga íntima por su arrolladora forma de mostrarse al mundo. Ella fue excepcional, pero no fue la única. Antes y después de ella, Rosalía de Castro, Concepción Arenal, Rosario de Acuña, Sofía Casanova, Carmen de Burgos y muchas otras escribieron, pensaron y ocuparon la vida pública desde posiciones muy distintas.
No digo «otras Emilias» porque se parecieran a ella, sino porque también tuvieron que abrirse paso en una cultura que desconfiaba de las mujeres con voz propia. Algunas fueron admiradas en vida y olvidadas después; otras apenas llegaron a ocupar el lugar que merecían.
Pensar en ellas cambia la pregunta: no se trata de averiguar por qué hubo tan pocas escritoras importantes, sino por qué hemos recordado a tan pocas.
Sospecho, y esta es la buena noticia, que todavía me quedan muchas amigas íntimas a las que estrechar la mano.
Miquiño mío.
Y llegamos al momento en que abrazo a Emilia, la convierto en mi amiga íntima y la admiración da paso a la complicidad. Siento que algo teníamos en común, aunque desde luego no fuese la altura intelectual.
Es difícil resistirse a la Emilia de las cartas. No porque su vida amorosa sea más importante que su obra, sino porque en esa correspondencia aparece una voz privada que completa —y a veces desordena— la imagen académica.
Voy a aprovechar aquí para agradecer a mi otra amiga íntima, esta al menos coetánea, Patri, que me regaló el libro sabiendo cuánto lo deseaba.
Miquiño mío. Cartas a Galdós reúne las cartas conocidas que Emilia Pardo Bazán envió a Benito Pérez Galdós entre 1883 y 1915. Si de alguna manera te está gustando este homenaje a Emilia, no dudes en hacerte con un ejemplar del libro.

La relación comenzó desde la amistad y la admiración literaria. Galdós ya era una figura consagrada y Emilia llegó a llamarlo «querido y respetado maestro». Sin embargo, las cartas muestran cómo aquella discípula fue situándose a su lado. Le hablaba de sus proyectos, comentaba sus novelas y discutía con él sobre literatura, publicaciones, críticos y academias. No escribía como una admiradora, sino como una igual que conocía el valor de su propio criterio.

Después cambió también la forma de nombrarlo. El maestro se convirtió en «miquiño mío», «ratonciño querido» o «pánfilo de mi corazón». La amistad literaria había dado paso a una relación amorosa y clandestina.
Pánfilo de mi corazón.
Y aún más: Emilia estaba casada.
Se había separado de José Quiroga en 1884, pero el divorcio no existía legalmente en España. Continuaba casada ante la ley y la Iglesia cuando comenzó su relación con Galdós. Pero no olvidemos que no vivía dentro de un matrimonio feliz, sino como una mujer separada que no tenía la posibilidad legal de divorciarse.
Galdós tampoco mantenía una vida sentimental demasiado aburrida. Durante su relación con Emilia estaba unido a Lorenza Cobián, madre de su única hija. Ninguno de los dos parecía muy convencido de la idea de exclusividad, aunque eso -como siempre sucede- no evitó los celos.
En 1888, Emilia mantuvo un encuentro amoroso con José Lázaro Galdiano en Arenys de Mar. Galdós terminó enterándose y ella trató de explicarle lo sucedido como «un error momentáneo de los sentidos, fruto de las circunstancias imprevistas».
Una explicación bastante conveniente, querida amiga.
Veo en esta historia la misma libertad que atraviesa Insolación.
Emilia había sido infiel a su marido con Galdós y después fue infiel a Galdós con Lázaro Galdiano. No escribo esto para juzgarla sino muy al contrario, para remarcar más si cabe la mujer libre y humana que fue.
Deseó, se enamoró, se equivocó, temió perder a Galdós y trató de recuperar su confianza. Pero sobre todo, vivió libre.
En esas cartas aparece culpable y vulnerable. Reconoce que ocultó su aventura con Lázaro Galdiano porque tuvo miedo de perder el cariño de Galdós y le pide que la perdone. Pero nunca deja de ser Emilia: vehemente, divertida, impaciente y capaz de pasar de la culpa o el deseo a la literatura casi sin respirar.
En una misma carta amenaza con aplastarlo entre sus brazos, promete morderle un carrillo y anuncia que después hablarán dulcemente de literatura y de la Academia.
«Pánfilo de mi corazón: rabio también por echarte encima la vista y los brazos y el cuerpote todo. Te aplastaré. Después hablaremos dulcemente de literatura y de la Academia y de tonterías. ¡Pero antes morderé tu carrillito!»
Es mi carta favorita.
No porque admire especialmente los cuernos, aunque reconozco que en su caso me parecen una forma de transgresión que me encanta, sino porque en estas cartas Emilia se muestra en todo su esplendor: inteligente y deseante, segura y temerosa, celosa y culpable, divertida y muy poco dispuesta a fingir indiferencia.
Quiere verlo, tocarlo, discutir con él y después hablar de libros.
El orden de prioridades es, en mi opinión, impecable.
Pero, ¿qué había al otro lado? ¿La respetaba Galdós como escritora? Todo indica que existió una admiración intelectual verdadera. Asistió a sus conferencias sobre la novela rusa en el Ateneo, escribió favorablemente sobre ellas y mantuvo con Emilia una conversación literaria prolongada. Ella comentaba sus obras con libertad y él conocía sus proyectos y opiniones. Emilia no fue únicamente su amante: fue su lectora, su crítica y una de sus interlocutoras intelectuales.
Sin embargo, sabemos mucho más de lo que Emilia sentía por él que de lo que Galdós sentía por ella, porque la correspondencia conservada está casi por completo escrita por Emilia.
Leer estas cartas produce también cierta incomodidad. Emilia se muestra enamorada, celosa, culpable y deseante en unas palabras que nunca escribió para nosotros.

La sensación se vuelve aún más injusta porque solo conservamos una de las voces. Conocemos la intimidad de Emilia, mientras Galdós permanece protegido por la ausencia de sus cartas. Ella queda expuesta; él conserva el misterio.
Esto condiciona la imagen que recibimos de su relación. La vemos esperar respuestas que no podemos leer, pedir perdón con palabras cuyo resultado desconocemos y reaccionar ante silencios y ausencias cuya motivación solo podemos imaginar.

Durante mucho tiempo se creyó que las cartas enviadas por Galdós habían sido destruidas. He leído sobre la posibilidad de que Blanca, la hija de Emilia, las hubiera quemado para proteger la memoria familiar; también de pérdidas ocurridas durante la Guerra Civil, el saqueo de la casa madrileña de la escritora y la dispersión de su legado en Meirás.
En 2020, sin embargo, un librero aseguró haber visto unas ochenta cartas amorosas de Galdós conservadas por un coleccionista privado. Hasta ahora no se han publicado ni se ha acreditado públicamente su autenticidad, de manera que la otra mitad de esta conversación permanece oculta.
Poco a poco la pasión fue transformándose en distancia, amistad y afecto. Emilia continuó escribiéndole durante años, y la última carta conocida está fechada en 1915.

Quizá las cartas de Galdós cambiarían algunos detalles de la historia. Tal vez mostrarían un deseo y una admiración semejantes a los de Emilia; tal vez descubrirían también silencios, desigualdades o contradicciones. Mientras no podamos leerlas, solo conocemos una voz.
Por suerte, es una voz extraordinaria.

Releyendo mi propio texto, quiero añadir algo antes de cerrar esta parte (igual que he hecho con relación a Clarín): no quiero reducir a Galdós al papel de amante de Emilia. También admiro a Pérez Galdós como escritor, y su obra merece mucho más espacio del que puedo concederle aquí. Quizá algún día tenga su propia entrada. Fortunata y Jacinta bien lo merecen.
Respecto a Emilia, al abrir Miquiño mío no encuentro a la amante secundaria de un escritor célebre. Encuentro a una mujer que espera respuestas, comete errores, desea con todo su cuerpo y domina el arte de la palabra.
Me reconozco en su intensidad. No en sus circunstancias ni en su altura intelectual, pero sí en esa incapacidad para sentir a medias.
La amistad íntima empieza ahí.
La amiga a la que llegué tarde.
Emilia Pardo Bazán murió en Madrid el 12 de mayo de 1921. Un siglo después, su centenario me llevó a una sala de Bilbao donde descubrí que, además de haber escrito algunas de las novelas más importantes de nuestra literatura, sabía utilizar el humor de la manera más inteligente.
No sé si habría disfrutado tomando un café conmigo. Es posible que me hubiera intimidado con alguna disertación enérgica y vehemente. También sospecho que habría hablado mucho.
Me habría gustado preguntarle por Galicia, por Madrid, por sus lecturas y por la fuerza que necesitó para seguir escribiendo cuando los ataques comenzaron a dirigirse a su cuerpo. Querría saber qué pensaba cuando hombres como Clarín, capaces de escribir obras extraordinarias, utilizaban su ingenio para intentar amedrentarla.
También hablaríamos de Galdós, de las cartas y de todo lo que decidió no dejar por escrito. Pero, sobre todo, querría hablarle de sus novelas. Le contaría que Los pazos de Ulloa se me quedó clavada durante semanas, que seguí pensando en sus personajes y en aquella Galicia hermosa, violenta y asfixiante mucho después de terminarla.
Admiro a Emilia como escritora, pero también como mujer y como ser humano. Admiro su inteligencia, su ambición y la decisión con la que ocupó espacios en los que muchos habrían preferido no verla.
La Academia le negó un sillón, pero no pudo reducir su presencia. Un siglo después, sus novelas continúan conmoviendo a sus lectores y ocupando lugares destacados en todas las librerías del país.
Yo llegué tarde a Emilia, pero desde entonces seguimos conversando.
Cuando me preguntan con qué persona del pasado me gustaría tomar un café, respondo sin dudarlo: con doña Emilia Pardo Bazán, la inevitable.

Fuentes consultadas.
- Ana María Freire López, «Biografía de Emilia Pardo Bazán», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
- Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, «Cronología de Emilia Pardo Bazán».
- Biblioteca Nacional de España, «Pardo Bazán, Emilia».
- Biblioteca Nacional de España, «Pardo Bazán, la académica que no pudo ser».
- Casa-Museo Emilia Pardo Bazán, «Contenedor de feminismos. Doce piezas de referencia».
- Ateneo de Madrid, «Historia».
- Ja! Festival, «El humor de Pardo Bazán», conversación entre Isabel Burdiel, Antonio Orejudo y Carolina Ontivero.
- María de los Ángeles Ayala, «Emilia Pardo Bazán y la educación femenina», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
- María Olivares, «Valera, Galdós, Clarín y “la cuestión académica” de Emilia Pardo Bazán», en Literatura española moderna.
- Marisa Sotelo Vázquez, «Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós: una fecunda amistad literaria», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
- Turner, Miquiño mío. Cartas a Galdós, edición de Isabel Parreño y Juan Manuel Hernández.
- RTVE, «Dónde están las cartas eróticas que Galdós envió a Emilia Pardo Bazán».
- Marina Mayoral, «Doña Emilia entre la hostilidad y el ridículo», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes y Boletín de la Biblioteca de Menéndez Pelayo.
- Maryellen Bieder, «“Mis retratos y mis caricaturas”: un artículo rescatado de Emilia Pardo Bazán», La Tribuna. Cadernos de Estudos da Casa-Museo Emilia Pardo Bazán, núm. 7, 2009, pp. 281-294.
- Ermitas Penas Varela, Clarín, crítico de Emilia Pardo Bazán, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
- Marina Mayoral, «De “Insolación” a “Dulce dueño”: notas sobre el erotismo en la obra de Emilia Pardo Bazán», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
- Biblioteca Nacional de España, Emilia Pardo Bazán. El reto de la modernidad, folleto de la exposición organizada por la Biblioteca Nacional de España.
- José Manuel González Herrán, «Emilia Pardo Bazán y el naturalismo», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
- El pazo de Meirás, un lugar para exaltar… a Emilia Pardo Bazán. https://www.farodevigo.es/galicia/2020/11/13/pazo-meiras-lugar-exaltar-emilia-23775967.html
Para seguir leyendo.
Emilia Pardo Bazán, Miquiño mío. Cartas a Galdós, edición de Isabel Parreño y Juan Manuel Hernández, Turner. (Turner Libros)
Emilia Pardo Bazán, Cuentos, edición de Juan Manuel Escudero Baztán, Cátedra. Una posible puerta de entrada para esa lectura que todavía tengo pendiente. (Cátedra)
Y también en youtube: Emilia Pardo Bazán: la vida de una maravillosa escritora por descubrir. Maria José Arévalo. https://www.youtube.com/watch?v=RIAp_wWwPDw
Uso de inteligencia artificial.
Este texto ha contado con apoyo de inteligencia artificial para la corrección de erratas, la estructuración de ideas y la revisión general de coherencia y estilo. La lectura, el enfoque, la interpretación y la redacción final forman parte del trabajo personal.

