Primero un aviso: este texto contiene referencias a la trama y algunas alusiones al desarrollo de los personajes, aunque he intentado evitar los detalles que podrían spoilear la lectura.
Una maleta, un libro.
En mi último texto ya mencioné que este verano le había tocado el turno a Sicilia. Fui hasta allí con unas cuantas ideas preconcebidas, muchas de ellas procedentes de esas advertencias que se reciben antes de viajar: en agosto el calor sería abrasador (lo fue), la isla estaría invadida por turistas, todo sería carísimo y acabaría lamentando haber elegido aquel destino.
Por suerte, no hice demasiado caso.
Con el tiempo he aprendido que quien te habla de un lugar te está contando su experiencia, no una verdad universal. Prefiero viajar a mi manera, con mis aciertos y también con mis errores. Algunas equivocaciones tardan un poco en convertirse en buenas historias, pero casi siempre terminan formando parte del viaje.
En el terreno de la literatura soy bastante más obediente. Primero me recomendó El Gatopardo mi amigo Iker (cuyo criterio tengo en muy alta consideración); poco después volvió a mencionarlo un compañero de trabajo. Al día siguiente, el libro ya estaba en casa, esperando a entrar en mi mochila.
Fue un gran acierto.
Leerlo allí hizo que el viaje adquiriera una profundidad inesperada. Las ciudades, los palacios, los campos quemados por el sol y las conversaciones sobre la historia de la isla comenzaron a mezclarse con sus páginas. Yo había preparado minuciosamente las visitas a museos y yacimientos arqueológicos porque quería descubrir la presencia de Grecia y Roma en Sicilia. Lampedusa, sin embargo, fue mostrándome otras capas: la isla árabe, normanda, española, borbónica y la del Risorgimento.
Todo parecía convivir en una misma calle, en la fachada de una iglesia o en el interior de un palacio.
El Gatopardo se publicó en 1958 y es ya un clásico. Se han escrito sobre la novela estudios y ensayos magníficos, pero mi intención no es ofrecer un análisis académico. Este texto nace de la experiencia de leerla en Sicilia, bajo un calor que parecía que nunca saldría de mi cuerpo, entre ruinas, volcanes, iglesias, museos y los mares Jónico, Tirreno y Mediterráneo.

Una novela que Lampedusa no llegó a ver publicada.
Giuseppe Tomasi di Lampedusa nació en Palermo en 1896, dentro de una familia perteneciente a la aristocracia siciliana. Fue un lector incansable, un hombre reservado y bastante alejado de los círculos literarios profesionales.
Comenzó a escribir El Gatopardo cuando se acercaba a los sesenta años. La novela contenía recuerdos familiares, lugares conocidos y una forma única de comprender el declive de la clase social a la que él pertenecía.
Don Fabrizio Corbera, príncipe de Salina, y protagonista de la novela, está inspirado en parte en uno de sus antepasados, Giulio Fabrizio Tomasi, príncipe de Lampedusa y aficionado, como el protagonista, a la astronomía.
El manuscrito fue rechazado por varias editoriales. Lampedusa murió en 1957 sin haber visto publicada su única novela. El libro apareció de manera póstuma en 1958, cuando Giorgio Bassani (escritor y editor italiano) lo recuperó para la editorial Feltrinelli.
Al año siguiente recibió el Premio Strega y se convirtió en un éxito internacional.
La historia del texto no terminó con aquella primera publicación. La existencia de diferentes versiones manuscritas y mecanografiadas dio lugar a posteriores revisiones y reediciones.
Hay una tristeza evidente en el hecho de que Lampedusa no llegara a conocer la vida de su libro y todo el recorrido que alcanzaría. Cuando le mencioné este hecho a mi amiga Patricia fue lo primero que comentó “vaya, es una pena, como John Kennedy Toole y La conjura de los necios”.
Y es que al igual que Toole, Lampedusa murió después de muchos rechazos, sin asistir a su reconocimiento ni a las discusiones que provocaría, eso sí, con la firme convicción de que su libro debía ser publicado.
El Gatopardo.
El Gatopardo narra cómo Don Fabrizio Corbera, príncipe de Salina, y su familia asisten al declive y final del mundo aristocrático al que pertenecen.
El príncipe ve cómo su clase comienza a perder poder y trata de comprender qué lugar ocuparán los suyos en el nuevo orden. A través de la relación entre su sobrino Tancredi y Angelica, hija de un nuevo rico burgués, la novela muestra precisamente la alianza entre una nobleza en decadencia y las nuevas clases sociales que aspiran a sustituirla.
Más que una historia con grandes acontecimientos, es una reflexión sobre el paso del tiempo, la transformación del poder, la vejez y la desaparición de una forma de vida.
En mi opinión, la manera y la delicadeza con que el autor trata estos temas hacen que se conviertan en centrales más allá del propio hecho y contexto de la desaparición del Reino de las Dos Sicilias o de la clase aristocrática dominante.
En realidad, no suceden demasiadas cosas si hablamos de tramas y giros de guion. Los personajes rezan, comen, conversan, viajan al pueblo de veraneo, conciertan matrimonios, salen de caza, contemplan el cielo y las estrellas y asisten a reuniones y bailes. Sin embargo, muy pronto llama la atención cómo cada frase parece colocada con intención. El lenguaje es sensual, irónico, delicado y, en el momento preciso, bastante cruel.
Precisamente por eso la lectura tiene algo envolvente. Sientes el avance como sientes el aire caliente de Sicilia en verano: suave, sin ráfagas, pero modificándolo todo a su paso.
Lampedusa puede dedicar varias páginas a una comida, a una habitación o a un jardín y conseguir que en esos espacios se concentren la historia, la decadencia y la psicología de la familia y sus amigos.
Por ejemplo, al comienzo de la novela describe el jardín de la casa de los Salina de una manera que casi puedes sentir con tu propio olfato, para terminar diciendo algo tan bello y físico como que “era un jardín para ciegos”. (El Gatopardo, p. 41).
Esta manera de contar la desaparición de un mundo a través de comidas, habitaciones, jardines y conversaciones me recordó en algunos momentos a Los restos del día, de Kazuo Ishiguro, premio Nobel de Literatura. Son novelas muy distintas: Ishiguro trabaja de una manera más íntima y reprimida, mientras que la escritura de Lampedusa es más sensual e irónica. En ambas, sin embargo, lo importante no está tanto en los grandes acontecimientos como en la forma en que cada personaje decide enfrentarse al final del mundo que conoce.
Un detalle: el título procede del felino que aparece en el escudo de armas de la familia Salina y que representa al propio príncipe, a su linaje y su mundo aristocrático. El gatopardo es un animal fuerte, orgulloso y elegante, símbolo de una clase social que todavía conserva su grandeza mientras empieza a desaparecer.
«Todo esto no tendría que durar, pero durará siempre. El siempre de los humanos, naturalmente, un siglo, dos siglos…Y luego será distinto, pero peor. Nosotros hemos sido los Gatopardos, los Leones; quienes ocupen nuestro lugar serán los pequeños chacales, las hienas, y todos, Gatopardos, chacales y ovejas, seguiremos creyéndonos la sal de la tierra». (El Gatopardo, p. 204).

El contexto de la familia Salina.
Al comienzo de la novela, Italia todavía no existía como Estado unificado. La península estaba dividida en distintos reinos y territorios, y Sicilia formaba parte del Reino de las Dos Sicilias, gobernado por los Borbones desde Nápoles. Los Salina pertenecen a la aristocracia que había crecido bajo aquel orden y contemplaba su continuidad como algo natural.
En mayo de 1860, Giuseppe Garibaldi desembarcó en Marsala al frente de la Expedición de los Mil, formada por voluntarios conocidos como los camisas rojas. La campaña formaba parte del Risorgimento, el proceso político y militar que buscaba unificar los territorios italianos.

The Granger Collection, New York / The Granger Collection / Cordon Press. Fuente: historia.nationalgeographic.com.
Garibaldi avanzó desde Sicilia hasta Nápoles y, pocos meses después, el Reino de las Dos Sicilias fue incorporado a los territorios gobernados por la Casa de Saboya. El 17 de marzo de 1861 se proclamó el Reino de Italia.
Para la familia Salina, aquello suponía mucho más que un cambio de bandera. El orden político y social que había sostenido su autoridad comenzaba a desaparecer, mientras nuevas clases sociales se preparaban para tomar el relevo.
El gatopardismo: que todo cambie para que nada cambie.
La novela comienza, pues, en este punto, cuando Giuseppe Garibaldi y la Expedición de los Mil desembarcan en Sicilia para enfrentarse al Reino de las Dos Sicilias.
Estos acontecimientos llegan a la casa de los Salina como un ruido todavía lejano. Se habla de desembarcos, revueltas, muertos y cambios políticos, pero la vida familiar parece continuar según sus propias reglas. Las oraciones se rezan a la misma hora, la cena se sirve, los criados ocupan su lugar y el príncipe sigue presidiendo la mesa.
No obstante, Don Fabrizio Corbera comprende muy pronto que el antiguo orden está condenado.
Es aristócrata y ha nacido dentro de un sistema que le permite disponer de tierras, privilegios y autoridad sobre quienes lo rodean. Don Fabrizio, a diferencia de otros miembros de su clase, posee la lucidez suficiente para percibir que ese mundo se acerca a su final.
No se engaña ni se resiste ante la decadencia de la aristocracia, pero tampoco deposita ninguna confianza en quienes están a punto de sustituirla. Este rasgo del protagonista despertó mi interés de manera inmediata ya que su pasividad ante lo que está sucediendo es manifiesta, sin embargo su lucidez es también evidente.
El príncipe tiene un sobrino, Tancredi, joven, atractivo, vivaz… y sin dinero. Tancredi entiende antes que nadie hacia dónde sopla el viento y mientras Don Fabrizio observa los cambios con una mezcla de fina ironía y cansancio, Tancredi decide participar en ellos.
Es él quien pronuncia la frase más conocida de la novela:
«Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie». (El Gatopardo, p. 57).
Es brillante.
De esta idea procede el término gatopardismo, utilizado para describir esas transformaciones que modifican la apariencia de las cosas mientras permiten que las estructuras profundas del poder, y quienes lo ostentan, continúen intactas.
Tancredi no quiere destruir el mundo aristocrático. Quiere asegurarse para él y su familia un lugar dentro del siguiente.
Comprende que los viejos apellidos necesitan el dinero de la burguesía emergente y que los nuevos ricos desean la legitimidad social de las familias nobles. La aristocracia aportará los títulos, los modales y el prestigio. La nueva burguesía aportará el dinero, la ambición y una capacidad de adaptación que los Salina nunca tuvieron pues jamás estuvo en sus planes que el orden de las cosas se alterase.
No se produce una ruptura clara entre un mundo y otro. Se produce un pacto.
Cambian los uniformes, los discursos políticos y algunas personas, pero la riqueza y la influencia continúan concentradas en manos de unos pocos. La revolución queda domesticada (creo que esta es la palabra exacta).
Esa es una de las razones por las que la frase de Tancredi ha trascendido al libro. El gatopardismo no pertenece únicamente a la Sicilia de 1860, lo tenemos delante cada vez que una reforma promete alterar un sistema y termina limitándose a cambiar sus símbolos, su vocabulario o sus rostros visibles. Algo que nos resulta demasiado familiar.
Pero creo que la frase de Tancredi también puede leerse fuera de la política. Cuántas veces tomamos decisiones convencidos de que queremos cambiar, cuando en realidad solo buscamos regresar al punto anterior al dolor, al conflicto o a la pérdida. Modificamos lo visible (un trabajo, una rutina, una ciudad, una relación), pero tratamos de conservar intacta la versión de nosotros mismos que existía antes.
Dándole vueltas a este pensamiento he concluido que existe también un gatopardismo personal que consiste precisamente en eso: cambiar lo suficiente para sentir que avanzamos, pero no tanto como para poner en peligro aquello a lo que seguimos aferrados.
La lenta desaparición de un mundo.
El Gatopardo tiene como telón de fondo hechos históricos y asuntos políticos, pero su centro emocional se encuentra en la conciencia profunda de que todo tiene un fin.
Don Fabrizio observa el final de su clase al mismo tiempo que percibe el envejecimiento de su propio cuerpo. La decadencia del mundo aristocrático y la suya se superponen hasta volverse difíciles de separar.
Para él, la desaparición de aquel orden no es únicamente un proceso político. Es la pérdida del lugar que le había enseñado quién era, el lugar que le había dado su identidad.
Lampedusa no lo presenta como una víctima inocente de la historia ni como el representante intachable de una época más refinada. El príncipe sabe que su mundo está construido sobre la desigualdad, pero no consigue imaginar una alternativa que le parezca mejor.
Observa el futuro y encuentra vulgaridad y corrupción. Mira el pasado y encuentra belleza, aunque esa belleza estuviera sostenida por unas estructuras profundamente injustas.
Don Fabrizio no se rebela contra el final de su mundo. Lo observa con melancolía, pero también con una lucidez que le permite aceptar que su tiempo ha terminado. Sabe dejar ir, aunque no sabe (o no desea) abrir espacio para lo que viene después.
Y este matiz es importante ya que en mi opinión aceptar una pérdida no es lo mismo que aprender a vivir tras ella. Dejar ir es necesario, pero también lo es conservar la capacidad de adaptarse, cambiar de lugar y permitir que algo nuevo entre en nuestra vida. El príncipe sabe despedirse; empezar de nuevo se lo deja a los demás.
Esto se materializa en su contrapartida, el personaje de la novela que funciona como espejo incómodo y adorado al mismo tiempo: su sobrino Tancredi.
Allí donde el príncipe percibe decadencia, Tancredi encuentra una oportunidad. Uno se encuentra cada vez más cerca del final; el otro se lanza hacia el futuro con la seguridad de quien todavía cree que podrá influir en él.
La juventud de Tancredi vuelve más evidente la vejez de Don Fabrizio. Y aquí entramos en la parte más conmovedora de la obra.
Hacia los últimos capítulos, la conciencia de la mortalidad y la retrospectiva de la propia vida ocupan cada vez más espacio. El príncipe contempla su existencia con una sinceridad que a veces resulta desoladora. Las propiedades, los títulos y las obligaciones pierden importancia frente a una pregunta mucho más mundana: cuánto tiempo ha vivido realmente y cuánto ha dejado pasar.
Lampedusa acompaña este proceso con una melancolía discreta, suave, muy medida. Esta sutileza hace que pese a todo, resulte bello transitar junto al príncipe por estas preguntas.
Pero no todo es intimidad e introspección, en absoluto. Al revisar el texto me di cuenta de que había olvidado mencionar el humor.
Es tan fino y discreto que casi pasa inadvertido, pero aporta un equilibrio necesario a la novela: aligera su melancolía y ofrece pequeños respiros cuando el relato podría volverse demasiado solemne.
Aparece en los pensamientos impacientes del príncipe, en los comentarios del Padre Pirrone (el cura de la familia), en las pequeñas incomodidades domésticas y en la evidente distancia entre la imagen que los personajes tienen de sí mismos y lo que el lector puede observar.
Lampedusa evita así toda solemnidad. Puede presentar a sus personajes con afecto y profundidad para, pocas líneas después, desmontar su vanidad mediante una observación afilada.
Creo que por eso, por ese equilibrio entre lo solemne y lo satírico, esta novela merece una buena y pausada lectura.
Don Calogero y el hombre nuevo.
Uno de los capítulos que más marqué durante la lectura fue aquel en el que Don Fabrizio recibe la propuesta de convertirse en senador del nuevo Reino de Italia.
El príncipe rechaza el cargo.
No confía en el nuevo sistema y sabe que no posee la fe (o el autoengaño) necesaria para representarlo. Pertenece al mundo que está desapareciendo y se niega a fingir entusiasmo por una renovación que contempla con escepticismo.
En su lugar propone a Don Calogero Sedara, alcalde de Donnafugata, un nuevo rico que ya pertenece a la clase burguesa.
La elección es lúcida y desalentadora.
Don Calogero encarna el ascenso de la nueva burguesía. Tiene dinero, ambición y una extraordinaria capacidad para adaptarse. Carece al principio de los modales de los Salina, pero aprende con rapidez. Mientras él comienza a dominar los códigos de la aristocracia, los aristócratas descubren que necesitan su fortuna.
No representa la llegada del poder a manos de los ciudadanos. Representa la aparición de una nueva élite que trae consigo algunas de las enfermedades del nuevo orden: el oportunismo, la corrupción, el culto a la riqueza, el interés personal y la voluntad de ascender a cualquier precio.
Durante una jornada de caza, el organista Don Ciccio Tumeo lo resume con una frase:
«Este es Don Calogero, excelencia, el hombre nuevo tal como debe ser; pero es una lástima que deba ser así». (El Gatopardo, p. 139).
El príncipe reconoce así en Don Calogero al hombre adecuado para el futuro de Sicilia. Precisamente ahí reside el fracaso y la ironía. El hombre nuevo no llega para corregir los vicios del antiguo sistema, sino para aprender a utilizarlos en su propio beneficio.
De nuevo esto nos suena desesperadamente familiar.
Tancredi, Angelica y los días del deseo.
Tancredi y Angelica son las figuras cuyo matrimonio cristaliza la unión entre el viejo mundo y el nuevo.
Ellos protagonizan uno de los capítulos más divertidos y sensuales de la novela recorriendo las habitaciones vacías del palacio que parece haber sido construido para su propio disfrute.
Durante esas páginas, la novela se llena de juventud e inocentes travesuras.
En esta parte, dando un salto hacia el futuro, el narrador menciona la que para mí es la mejor frase del libro, aún por encima del ya mencionado gatopardismo:
«Desde la inútil sabiduría de la vejez a menudo evocaron con nostalgia aquellos días […]». (El Gatopardo, p. 182).
Desde la inútil sabiduría de la vejez.
Aprender cuando ya no podemos regresar. Comprender nuestros errores cuando sus consecuencias forman parte de nosotros. Descubrir el valor de un instante cuando ya lo hemos perdido.
Tancredi y Angelica todavía viven dentro del deseo, pero el narrador ya conoce el cansancio que llegará más adelante. Aquellos días serán recordados con nostalgia porque fueron breves y ellos los creyeron eternos y así, durante un breve periodo, el deseo contenido se pareció bastante al amor.
Esta presencia constante del tiempo futuro convierte incluso los episodios más luminosos en escenas melancólicas. La felicidad existe, pero el autor no nos dejará olvidar que todo tiene un final.
La «inútil sabiduría de la vejez» recuerda que muchas de las cosas importantes solo se comprenden cuando ya han pasado, una sabiduría que ya no sirve para mucho.
Y aunque al principio esta frase me sacó una sonrisa burlona y me dejó pensando durante días, he llegado a la conclusión de que, en realidad, eso está bien.
Todavía me quedan innumerables errores por cometer, lugares a los que llegar sin saber bien qué voy a encontrar e historias que solo podrán entenderse con el paso de los años.
Pero hoy prefiero vivirlas desde la apasionante ignorancia del presente.

Concetta y el mundo que permanece.
Entre todos los personajes de la novela hay uno al que he echado de menos en bastantes críticas y conversaciones sobre el libro: Concetta, una de las hijas del príncipe de Salina.
Ella es para mí una de las grandes protagonistas.
Concetta ama a Tancredi, pero ha sido educada para colocar la dignidad familiar por encima de sus deseos. Controla sus emociones, conserva las formas y acepta en silencio aquello que se espera de una hija de los Salina.
Ese silencio tiene un coste enorme y personalmente sentí el peso del precio que ella pagó hasta la última frase del libro.
Concetta es, en muchos sentidos, la aristócrata perfecta. Ha aprendido a no mostrar vulnerabilidad, a proteger el apellido y a someter su vida personal a las necesidades de la familia. No posee la libertad de Tancredi ni la audacia de Angelica.
Su resignación no se parece a la de su padre: Don Fabrizio contempla la desaparición de su mundo. Concetta vive durante años dentro de sus restos.
Ella soporta la injusticia en nombre de la familia y precisamente por su incapacidad para adaptarse y moverse de lugar acaba convirtiendo ese sufrimiento en parte de su identidad.
A medida que la novela avanza, su figura adquiere una importancia creciente aunque tal vez no sea evidente. Cuando el antiguo esplendor de la casa se ha reducido a habitaciones silenciosas, objetos envejecidos y recuerdos cada vez menos fiables, Concetta continúa custodiándolo.
Hay además una dureza especial en el modo en que mira hacia atrás, haciéndose consciente de que su propio orgullo también tuvo consecuencias.
Por eso me cuesta entender que se hable tan poco de ella. Concetta guarda en su postura y en su carácter la continuidad de la familia. Es la aristocracia cuando ya no quedan bailes, poder ni admiración. La aristocracia reducida a memoria, disciplina y objetos que nadie sabe muy bien si merece la pena conservar.
El baile de Visconti.
Cuando terminé el libro, supe que habría un texto sobre él en Nínive. También supe que no podía sentarme a escribirlo sin ver antes la adaptación al cine dirigida por Luchino Visconti.
La película se estrenó en 1963, con Burt Lancaster como el príncipe de Salina, Alain Delon como Tancredi y Claudia Cardinale como Angelica. Ese mismo año obtuvo la Palma de Oro en el Festival de Cannes.
En la película el director capta a la perfección la tensión constante entre belleza y decadencia del libro. Los palacios, los vestidos, los uniformes, los carruajes y las lámparas… todo hace visible el final de una época. Cuanto más hermoso parece el mundo de los Salina, más clara resulta su fragilidad. Y hay mucha belleza en cada plano del largometraje.
La escena del gran baile es hipnótica. No sé si se habrá filmado una escena más espectacular de un baile de época, pero la verdad, lo dudo. Cada fotograma, cada plano es de una belleza tal que te lleva de la emoción a la estupefacción constantemente.
El salón está lleno de jóvenes, familias, música, conversaciones y alianzas sociales. Todo parece celebrar la continuidad de la vida. Don Fabrizio, sin embargo, se mueve por la fiesta con la sensación de asistir a algo que ya está terminando.
La alegría de los demás intensifica su cansancio. La fiesta continúa mientras él busca momentos de soledad entre los salones.
Tancredi llega a preguntarle cuando lo encuentra solo ante un cuadro bastante perturbador si está cortejando a la muerte: “pero ¿qué estás mirando? ¿Te ha dado por cortejar a la muerte?”. (El Gatopardo, p. 245).
Lo dice en un tono ligero e irónico, pero la frase resume gran parte de lo que sucede dentro del príncipe. En el libro, el baile se narra como una fiesta, pero se siente como un funeral. En la película, Visconti consigue que esa contradicción se vuelva real.
Todos siguen bailando porque la fiesta aún no ha terminado.
El príncipe sabe que, para él, ya está empezando a hacerlo.

Bendicò.
No me quiero olvidar de Bendicò.
El gran danés del príncipe aparece desde las primeras páginas, corriendo por el jardín, entrando en las habitaciones y provocando pequeños desórdenes. Es el único ser de la novela que parece inspirar una felicidad sencilla en todos los personajes y que también consigue arrancarnos alguna sonrisa a los lectores.
Lampedusa reserva para él una última aparición que prefiero no desvelar, pero que consigue reunir en una sola imagen la historia de los Salina y de todo aquello que intentaron conservar.
Sicilia no estaba dormida.
Leer las páginas dedicadas al verano de Donnafugata, el pueblo ficticio de veraneo de los Salina, mientras viajaba por Sicilia en agosto produjo una coincidencia física bastante intensa.
Lampedusa describe una isla que «padece durante meses una fiebre cercana a los cuarenta grados». El sol cae sobre las casas, los campos y las personas hasta reducir cualquier impulso. Yo leía esas páginas mientras sucumbía bajo un olivo, un naranjo o un limonero, soportando unas temperaturas en las que caminar durante unos minutos parecía una decisión suicida.

El calor no era una idea literaria. Lo podía sentir dentro de mi, en el cansancio de las tardes, en la búsqueda de una sombra o del mar y en la sensación de que el aire había dejado de moverse.
Hay una escena nocturna que resume especialmente bien esa experiencia:
«Antes de acostarse, don Fabrizio se detuvo un momento en el balconcito del tocador. […] El cielo estaba limpio de nubes: aquellas que había saludado por la tarde se habían ido quién sabe a dónde, hacia tierras menos culpables, para las que la cólera divina había decretado una condena menor […]». (El Gatopardo, p. 49).
El calor adquiere una consistencia física, casi moral. Sicilia aparece como una tierra sometida a una condena que se repite cada verano.
Don Fabrizio convierte ese clima en una de las claves con las que intenta explicar el carácter de los sicilianos. A la fatiga provocada por el calor añade otra, más antigua: la de una isla conquistada y gobernada durante siglos por fenicios, griegos, romanos, árabes, normandos, españoles y borbones, entre otros. Cada dominación dejó edificios, costumbres, lenguas y ruinas.
Los habitantes de Sicilia vivirían así rodeados por los restos de esas civilizaciones “como hermosos fantasmas”, sin saber muy bien qué hacer con ellos.

Según el príncipe, de ese doble cansancio (el del clima y el de la historia) nacen el orgullo, la desconfianza y el rechazo hacia quienes llegan desde fuera anunciando que van a enseñar a los sicilianos cómo deben vivir.
Sicilia estaría cansada de ser conquistada, reformada y salvada.
Por eso preferiría dormir.
Sus palabras regresaron varias veces durante mi viaje. Lo hicieron con más fuerza en Palermo, cuando conocí mejor la historia de la mafia y, sobre todo, la del movimiento antimafia.
La mafia siciliana, la Cosa Nostra, no nació de un supuesto carácter inmóvil de los sicilianos, sino de unas circunstancias políticas, económicas y sociales concretas. Presentarla como un destino inevitable de la isla sería aceptar precisamente el fatalismo que tantas personas han combatido.
Aun así, resultaba difícil no recordar a Lampedusa al conocer las redes de clientelismo, corrupción, violencia y protección de intereses privados que marcaron la historia inmediatamente posterior de Sicilia. El gatopardismo ofrecía una clave útil: la capacidad del poder para cambiar de apariencia y sobrevivir.
Pero en Palermo no encontré únicamente la memoria del crimen. Encontré, sobre todo, la memoria de quienes se enfrentaron a él: magistrados, periodistas, docentes, comerciantes, asociaciones y ciudadanos que se negaron a aceptar que el miedo y el silencio fueran el destino natural de la isla.
Quizá por eso El Gatopardo terminó unido de una manera tan profunda a mi viaje. Me ayudó a comprender la belleza, el orgullo y las heridas de Sicilia, pero también me llevó a desconfiar de las explicaciones que convierten la resignación en una característica del paisaje.
Don Fabrizio pensaba que Sicilia prefería dormir y, si algo hay de cierto en su diagnóstico, es que la isla necesitó más de un siglo para que las cosas cambiaran de verdad.
Pero en Palermo pude ver de manera muy real cómo el pueblo salvó al pueblo.
Y desde luego no lo hizo dormido.

Otra de sus frases célebres: «Los hombres pasan, las ideas quedan. Quedan sus tensiones morales y caminarán sobre las piernas de otros hombres».
Y así fue.
Fuentes consultadas.
- Giuseppe Tomasi di Lampedusa, El Gatopardo, traducción de Ricardo Pochtar, Anagrama, 2019. (anagrama-ed.es)
- Arianna Arisi Rota, El Risorgimento. Un viaje político y sentimental a la unidad de Italia, traducción de Javier Brox Rodríguez, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2021. (Puz Unizar)
- Laura Carlucci, «Recepción literaria, traducción y discurso fílmico en la audiodescripción de “El Gatopardo”», Universidad de Granada. (Dialnet)
- Alfonso Ricardo Felipe López, «Reflexión sobre el cine de Visconti desde el estudio de su narrativa audiovisual», Revista de la SEECI, núm. 13, 2006, pp. 1-19.
- Osvaldo Gallone, «La escritura del príncipe: hace 50 años aparecía El gatopardo», Le Monde diplomatique en español, núm. 156, 2008. (Dialnet)
- Eugenia Popeanga, «Un viaje al mundo de los sentidos: jardines y casas del “Gattopardo”»,
- Revista de Filología Románica, anejo V, Universidad Complutense de Madrid, 2007, pp. 285-303. (Revistas UCM)
- Francisco Javier Ruiz Durán, «Historia del crimen organizado I: la Cosa Nostra», Revista Caribeña de Ciencias Sociales, febrero de 2020.
- Roberto Ortiz de Zárate Arce, «Leoluca Orlando», (CIDOB)
- RTVE, «La pasión por la lectura marcó la vida del escritor Lampedusa». (RTVE.es)
- Trotalibros, «El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa | Reseña», vídeo publicado en YouTube el 11 de diciembre de 2019. (youtube.com)
- Fernando Sánchez Carrascosa, La Expedición de los Mil, el golpe definitivo para la unificación de Italia
- Historia National Geographic. https://historia.nationalgeographic.com.es/a/expedicion-mil-golpe-definitivo-para-unificacion-italia_23171
Para seguir leyendo.
- Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Relatos. El volumen permite acercarse a los recuerdos, los lugares y la sensibilidad literaria del autor desde un espacio más íntimo.
Uso de inteligencia artificial.
Este texto ha contado con apoyo de inteligencia artificial para la corrección de erratas, la estructuración de ideas y la revisión general de coherencia y estilo. La lectura, el enfoque, la interpretación y la redacción final forman parte del trabajo personal.

