Cuando Perséfone regresa al inframundo.

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Una pequeña nota antes de empezar.

Los mitos griegos no tienen una única versión ni un solo autor. Durante siglos fueron contados, transformados y ampliados por poetas y escritores distintos: desde Hesíodo y los anónimos autores de los himnos homéricos hasta Ovidio o Claudiano. Algunos detalles cambian entre ellos, otros aparecen como nuevos y, a veces, incluso el comienzo de la historia es diferente. En este texto seguiré principalmente el relato del Himno homérico a Deméter, el más antiguo que conocemos.

Regresamos.

No sé si a ti te ocurre, pero yo siento que todos los años el otoño empieza antes de que cambie el calendario. Una mañana el aire entra más fresco por la ventana. La luz de la tarde se retira un poco antes. Reaparece una chaqueta que llevaba semanas guardada y, casi sin darnos cuenta, volvemos a mirar la agenda.

Después del verano, septiembre suele traer consigo una necesidad de orden. Regresamos al trabajo, a las clases, a los horarios y a esos proyectos que dejamos interrumpidos, encaminados o simplemente imaginados. Recuperamos lecturas, reorganizamos la casa y nos prometemos dedicar tiempo a aquello que llevábamos meses posponiendo.

Algunos propósitos sobrevivirán. Otros quedarán abandonados antes de que termine octubre. Parece algo como lo que hacemos en año nuevo, pero no exactamente.

Creo que septiembre se diferencia de enero en algo importante: no buscamos convertirnos en otra persona ni iniciar una especie de vida nueva.

Queremos, simplemente, regresar a la nuestra y habitarla un poco mejor.

Por eso, cuando llega esta época del año, siempre pienso en Perséfone.

La más bella muchacha entre las flores.

Perséfone era hija de Zeus y Deméter, la diosa vinculada al cereal, a la agricultura y a los frutos que alimentan a los seres humanos. También recibía el nombre de Kore: la joven, la doncella y Proserpina para los romanos.

Hades, dios del inframundo, hermano de Deméter y tío de Perséfone, deseaba tomar a la joven por esposa. Para conseguirlo recurrió a Zeus y ambos acordaron la unión sin tener en cuenta a madre e hija. 

De esta manera, un día Perséfone se encontraba en un prado con otras muchachas, recogiendo rosas, violetas, jacintos, azafrán y lirios. De entre todas aquellas flores apareció un narciso extraordinario. La tierra lo había hecho brotar como parte de esa trampa acordada por Zeus para contentar a su hermano Hades.

Perséfone se acercó maravillada y extendió las dos manos para arrancarla.

Cuando sus dedos alcanzaron el narciso, el suelo se abrió.

Hades surgió de la grieta conduciendo un carro de oro tirado por caballos inmortales. Me los imagino negros, poderosos y majestuosos, irrumpiendo en la claridad del prado mientras Perséfone todavía sostiene las flores entre las manos.

Hades agarró a Perséfone, la hizo subir al carro y la llevó consigo al mundo de los muertos. 

En su descenso, mientras Perséfone pudo distinguir el cielo, el mar, las montañas y la luz del sol, conservó la esperanza mientras gritaba pidiendo auxilio y llamando a su madre. Después, el carro se hundió en las profundidades y su voz dejó de oírse.

Solo Hécate y Helios la oyeron en su desesperación.

Hécate era una antigua divinidad relacionada con los umbrales y las encrucijadas  que, con el tiempo, quedaría estrechamente vinculada a la noche y al mundo subterráneo. Escuchó el grito desde su cueva, aunque no llegó a ver quién se llevaba a la muchacha. 

Relieve de Hécate triplicada osteniendo antorchas en las manos. Galería Nacional de Praga, Palacio Kinský. Fuente: https://museoecologiahumana.org/

Helios era el dios Sol: desde lo alto recorría el cielo y contemplaba cuanto sucedía sobre la tierra. Él sí conocía la verdad.

Deméter había escuchado el último grito de su hija, aunque no sabía de dónde procedía. Durante nueve días recorrió la tierra con dos antorchas encendidas. No comió, no bebió y no se bañó. No probó la ambrosía ni el néctar de los dioses. Buscó a Perséfone por los caminos y preguntó a cuantos encontró, pero nadie pudo decirle qué había ocurrido.

Al décimo día, Hécate se acercó a ella con una antorcha entre las manos. Le contó que había oído el grito de Perséfone, aunque no había visto a su raptor. Juntas fueron en busca de Helios, que desde el cielo podía contemplarlo todo.

Él le reveló la verdad: Hades se había llevado a Perséfone y Zeus había permitido que lo hiciera.

Deméter, enfurecida y con el corazón lleno de tristeza, abandonó el Olimpo.

Se quitó los adornos que la identificaban como diosa, ocultó su belleza bajo la apariencia de una anciana y comenzó a vagar entre los seres humanos. Finalmente llegó a Eleusis, una ciudad cercana a Atenas, y se sentó junto a un pozo, a la sombra de un olivo.

Allí la encontraron las hijas del rey Céleo. Deméter no les dijo quién era. Se presentó como Doso, una anciana procedente de Creta que había conseguido escapar de unos piratas. Las jóvenes la llevaron al palacio de sus padres, donde la reina Metanira la recibió y le confió el cuidado de su hijo Demofonte.

Deméter tomó cariño al niño y decidió concederle la inmortalidad. Durante el día lo alimentaba con ambrosía y lo sostenía contra su pecho. Por la noche, cuando nadie podía verla, lo introducía entre las llamas del hogar para quemar poco a poco su condición mortal.

Una noche, Metanira entró en la estancia y descubrió a su hijo en el fuego. Gritó aterrada.

Deméter, irritada por la interrupción, sacó al niño de las llamas y lo dejó en el suelo. Entonces abandonó la apariencia de anciana. Su cuerpo recuperó la altura de una diosa, una luz llenó la habitación y un perfume se extendió por el palacio.

— ¡Hombres ignorantes y sin juicio para prever el bien o el mal que el hado nos ha de traer!

Después reveló quién era y ordenó a los habitantes de Eleusis que construyeran para ella un templo y un altar. Allí les enseñaría los ritos con los que podrían venerarla y obtener su favor. 

Los habitantes de la ciudad obedecieron y cuando el templo estuvo terminado, Deméter se retiró a su interior, lejos de los demás dioses y todavía consumida por la ausencia de Perséfone.

Santuario de Deméter en Eleusis (Grecia) donde se llevaban a cabo los misterios eleusinos, antiguos ritos de iniciación anuales consagrados a Deméter y Perséfone. Fuente: https://www.worldhistory.org/trans/es/2-32/los-misterios-eleusinos-los-ritos-de-demeter/

Entonces dejó de hacer crecer el trigo.

Durante un año terrible, las semillas permanecieron ocultas bajo la tierra por orden de Deméter. Los bueyes arrastraron inútilmente los arados. La cebada cayó sobre los surcos sin germinar. Los árboles dejaron de dar fruto y el hambre comenzó a extenderse entre los seres humanos.

Tan terrible era la situación que terminó llamando la atención de Zeus, quien comprendió que, si la tierra continuaba estéril, los mortales desaparecerían y con ellos los templos, los sacrificios y las ofrendas.

Primero envió a Iris (mensajera de los dioses y la personificación del arcoíris) para que convenciera a Deméter de regresar al Olimpo.

Deméter se negó.

Después acudieron los demás dioses. Le ofrecieron regalos, honores y el lugar que ella eligiera entre ellos.

Deméter volvió a negarse.

La tierra no daría fruto hasta que pudiera ver de nuevo a su hija.

Finalmente Zeus envió a Hermes al inframundo con la orden de que Hades permitiera regresar a Perséfone. 

Hermes encontró a Hades sentado junto a Perséfone. Ella permanecía a su lado, triste y consumida por la añoranza de su madre.

Al verle se acercó al soberano de los muertos y le transmitió el mensaje. Hades escuchó sus palabras y comprendió que debía obedecer pues se trataba de Zeus. 

Después se volvió hacia Perséfone, que estaba feliz de saber que podía regresar, y antes de dejarla marchar, le dio a comer un grano de granada.

Hermes tomó las riendas del carro y condujo a Perséfone fuera del mundo subterráneo. Los caballos atravesaron la oscuridad, cruzaron ríos y montañas y la llevaron hasta el templo de Eleusis.

Cuando Deméter vio llegar el carro, corrió hacia su hija. Perséfone saltó al suelo y ambas se abrazaron. Durante un instante pareció que la espera había terminado. 

El regreso de Perséfone, obra de Frederic Leighton pintada en 1891. Fuente: https://historia.nationalgeographic.com.es/

Pero, mientras todavía la sostenía, una duda la asaltó.

— ¡Oh, hija! ¿Por ventura es cierto que, estando abajo, no probaste ningún manjar? Habla; no me ocultes lo que piensas, para que ambas lo sepamos. 

Perséfone le contó que Hades había introducido en su boca un grano de granada y la había obligado a probarlo contra su voluntad.

En ese mismo instante, Deméter comprendió lo que significaba aquella granada: Perséfone había probado el alimento del reino de los muertos y, desde entonces, una parte de ella quedaba ligada a él. 

Ya no podría permanecer para siempre en la superficie. Tal era el poder de aquella granada.

Zeus intervino de nuevo y envió a Rea (madre de Deméter y abuela de Perséfone) para comunicar su decisión. 

Perséfone pasaría un tercio del año en la oscuridad del inframundo y los otros dos tercios junto a su madre y los demás dioses.

Deméter aceptó aquellas condiciones y, solo entonces, hizo brotar de nuevo el grano de debajo de la tierra.

Así comenzó un ciclo que habría de repetirse cada año: Perséfone descendería junto a Hades y regresaría después junto a su madre. 

Deméter perdería a su hija, la tierra se recogería. 

Deméter se reencontraría con su hija, la tierra florecería de nuevo.

Todos los ciclos.

El Himno homérico a Deméter, compuesto entre finales del siglo VII y comienzos del VI a. C. , explora el concepto de los ciclos, de todo aquello que termina y vuelve a empezar para terminar de nuevo y regresar. 

El ser humano siempre ha vivido atrapado en diferentes ciclos: el ir y venir de las estaciones, el inicio del curso, las infinitas jornadas de trabajo, las celebraciones que regresan cada año… 

La subida y la bajada de Perséfone, y la transformación constante de la naturaleza que las acompaña, hablan de ese ciclo sin fin en el que nos vemos envueltos y que, con cada vuelta, nos ofrece la oportunidad de un nuevo comienzo o de un feliz regreso.

Es cierto que al contrario de lo que la creencia popular ha terminado relatando el Himno homérico no sitúa el descenso de Perséfone en septiembre ni fija con exactitud los meses que pasa en el inframundo, no habla de estaciones, de otoño ni de primavera. 

Sin embargo, sí vincula su ausencia con el tiempo en que la tierra deja de dar fruto y su regreso con el momento en que los campos vuelven a llenarse de flores.

Por eso, en septiembre y con la inminencia del otoño, no puedo evitar imaginar a Perséfone descendiendo al inframundo. Allí la espera Hades, su esposo y soberano de los muertos. 

En la superficie queda Deméter, su madre, que vuelve a sentir su ausencia. Los campos pierden su fertilidad, las flores desaparecen y comienza el tiempo de la espera.

Durante el verano casi todo sucede hacia fuera (los viajes, las terrazas, los días largos, las ventanas abiertas). El otoño nos devuelve poco a poco al interior. Volvemos a los libros, a las habitaciones, a las rutinas y también a esos proyectos que necesitan silencio y constancia antes de empezar a mostrar algo.

Quizá por eso septiembre se presta tanto a comenzar de nuevo. No con la euforia de enero, sino de una manera más tranquila: retomando una página, abriendo otra vez un cuaderno, volviendo a una costumbre que habíamos abandonado o dando por fin protagonismo a aquello que llevábamos meses queriendo hacer.

Al igual que Perséfone también nosotros descendemos, de alguna manera, hacia una vida más recogida. Regresamos al trabajo, a los horarios y a los gestos cotidianos. Y al igual que ella, no volvemos exactamente iguales a como nos fuimos al comienzo del verano. 

Algo hemos leído, algo hemos visto, alguna conversación hemos sostenido.

Cuando Perséfone regresa al mundo de los vivos después de haber pasado por el inframundo ya no es solo la hermosa joven que recogía flores felizmente. Ahora es, además, la reina del inframundo.

Quizá ahí esté una de las cosas que más me gustan del otoño: regresar a lo conocido sí, pero no al mismo lugar.

El rapto de Perséfone.

El Himno homérico a Deméter es  la narración antigua más extensa que conservamos sobre esta historia y deja muy claro y sin matices que Perséfone fue llevada contra su voluntad. 

Dentalle de «El Rapto de Proserpina» de Gian Lorenzo Bernini. Villa Borghese. Fuente: https://www.elestudiodelpintor.com/
La historia del rapto de Persofene (Proserpina) ha inspirado numerosas obras de arte, entre ellas esta inverosimil escultura en la que el marmol se convierte en carne.

Zeus consiente la unión sin consultar a Deméter ni a la propia Perséfone. No estamos ante la fuga de dos amantes ni ante el comienzo de un matrimonio imposible pero deseado.

Las versiones modernas han convertido a veces a Hades en un enamorado oscuro y solitario, pero el texto antiguo no oculta la violencia del rapto. Yo tampoco quiero hacerlo y estoy poniendo especial cuidado en ello, pues resulta tan sencillo como tentador. 

Comprendo por qué el contraste entre la muchacha de las flores y el soberano del mundo de los muertos ha resultado tan atractivo para la literatura y las recreaciones contemporáneas, y también el deseo de imaginar que, con el tiempo, Perséfone pudo construir una relación con Hades. 

Pero ninguna supuesta historia de amor posterior puede cambiar la violenta forma en que comienza el mito. 

No olvidemos tampoco la jugada de la granada: Hades no solo la secuestra; antes de dejarla marchar, le hace comer uno de sus granos para asegurarse de que no pueda abandonar por completo el inframundo, pues haber probado su alimento la ligaba ya para siempre a ese lugar y la obligaría a regresar.

El rapto tiene consecuencias que ya nunca se podrán reparar: ella continúa siendo la hija que corre a abrazar a Deméter, pero también se convertirá en la soberana que aparece sentada junto a Hades y recibe a quienes llegan al reino de los muertos. 

No he encontrado ningún desarrollo ni explicación sobre cómo se produce esa transformación. 

Es cierto que en otros mitos encontramos a Perséfone plenamente convertida en reina del inframundo: Orfeo canta ante ella y Hades para pedir el regreso de Eurídice, y en la historia de Adonis se niega a devolver al joven a Afrodita. 

Pero me temo que entre la muchacha que gritaba desde el carro y la reina del inframundo queda un espacio que el mito no termina de contar y que no debemos rellenar con romanticismo vacío.

Me refiero a que ese poder posterior como Reina del inframundo no convierte la violencia del rapto y la jugada de la granada en algo necesario o beneficioso para ella, muy al contrario: Perséfone termina por no pertenecer por completo a ninguno de los dos territorios (Diosa entre los vivos y reina entre los muertos), pero habita y necesita de ambos.

La resistencia de Deméter.

«A Deméter, de hermosa cabellera, veneranda diosa, comienzo a cantar»…

En no pocos relatos modernos se cuenta esta parte del mito diciendo que Deméter estaba tan triste que la tierra perdió su fertilidad. 

El Himno homérico a Deméter describe algo más intencionado y, para mí, mucho más poderoso: Deméter esconde las semillas e impide que germinen. Está dolida y enfurecida porque Zeus y Hades han decidido el destino de Perséfone sin contar con ninguna de las dos. 

Deméter no tiene un ejército, no empuña un arma ni dispone de un héroe como Perseo que descienda al inframundo por ella. Hécate la acompaña durante una parte de la búsqueda y Helios le revela lo sucedido, pero nadie se enfrenta en su nombre a los dioses más poderosos. 

Deméter encuentra entonces la única forma de resistencia que está a su alcance: retira su don y se niega a seguir alimentando el orden que ha permitido el rapto de su hija.

El trigo deja de crecer y los dioses descubren cuánto dependían de aquello que daban por seguro. 

Cuando Zeus le ofrece honores y regalos, Deméter se niega. Ella no está en venta. No quiere compensaciones ni un lugar más importante en el Olimpo: quiere que Perséfone vuelva y quiere que se repare una injusticia.

Lo más importante no es solo que se atreva a desafiar a Zeus, sino la manera en que lo hace, pues no recurre al tipo de arma que él puede dominar.

Observa aquello que únicamente ella puede ofrecer y comprende que su trabajo sostiene una parte esencial del mundo. Zeus gobierna el Olimpo y Hades reina sobre los muertos, pero ninguno de los dos puede hacer crecer el trigo. El poder de Deméter estaba allí desde el principio; lo que cambia es que deja de considerarlo una obligación y empieza a reconocerlo como una fuerza.

También en nuestra vida es fácil pensar que el poder siempre está en otra parte: en quien dirige, decide, firma o reparte los recursos. Nos acostumbramos a creer que somos sustituibles, que nuestra presencia apenas cuenta y que nada cambiará si dejamos de colaborar con una situación injusta. Sin embargo, muchas estructuras se sostienen gracias al trabajo, los cuidados, la lealtad, la atención o el silencio de personas que rara vez son reconocidas como poderosas. A veces nuestra capacidad está en lo que hacemos pero, ¿qué sucedería si decidimos dejar de hacerlo?.

Eso no significa que cualquier gesto aislado vaya a transformar el mundo pero pienso que el poder no siempre coincide con la autoridad visible y que conocer nuestras capacidades puede cambiar la posición desde la que afrontamos una injusticia. Deméter no era más fuerte que Zeus, pero comprendió que el orden del mundo de Zeus también dependía de ella. Su negativa movió la aguja y obligó a los dioses a revisar una decisión que creían infalible.

Su victoria, sin embargo, no repara el daño por completo. Perséfone regresa, pero no para siempre; tendrá que volver al inframundo y ya nunca será únicamente la muchacha que recogía flores en el prado. 

A menudo la injusticia deja una herida que ninguna negociación puede borrar. Luchar no devuelve el tiempo anterior ni permite que todo vuelva a ser como era.

Para mí, ahí se encuentra una de las verdades más complejas del mito. Cuando una injusticia ya se ha cometido, resistir quizá no pueda restaurar todo lo perdido, pero eso no vuelve inútil la lucha. Puede impedir que el daño continúe, obligar a los responsables a responder, recuperar una parte de lo arrebatado y cambiar las condiciones de quienes vengan después. 

Hay quien ha leído el Himno homérico a Deméter como una reflexión sobre la maternidad y salta a la vista el porqué. El poema está atravesado por relaciones entre madres e hijos, pero en Deméter la maternidad no aparece únicamente como cuidado o ternura. También es furia, protección y resistencia. No lucha porque ser madre la convierta en una figura ideal, sino porque alguien ha cometido una injusticia contra su hija y ella se niega a aceptarla.

Por eso Deméter representa para mí el coraje y la convicción en la causa propia, pero también la importancia de reconocer el valor de aquello que aportamos y somos. 

A la sombra de un naranjo.

Ya he contado en mi último texto que este verano he tenido la suerte de conocer un poco de Sicilia. 

Un día, en Lípari me senté en un banco bajo la sombra de unos naranjos, buscando unos minutos de descanso y refugio frente a un sol que nunca olvidaré.

En el banco de al lado, con una mesa plegable y un mantel de flores y limones muy típico de Sicilia, había un hombre bastante mayor. 

Tenía varios moldes y hacía con ellos pequeñas figuras de arcilla.

El señor con una sonrisa y en un tono de voz muy siciliano, es decir, elevado, me lanzó un saludo que sentí muy acogedor:

— Buonasera, signora!!!! 

Y acto seguido sin esperar respuesta empezó a hablarme en italiano.

No estoy segura de cuánto llegamos a entendernos. Me parece que dijo que sus abuelos eran de Tarragona.

Durante un rato nos acompañamos comunicándonos más con sonrisas que con el lenguaje, pero los dos parecíamos disfrutar. Yo estaba encantada viéndole poner el barro en esos pequeños moldes mientras me hablaba de cosas que no podía entender.

Cuando me levanté para despedirme, le pregunté por las figuritas.

Lo que yo entendí es que tenía una tienda y que después las llevaba allí para venderlas. Entonces tomó una de ellas, todavía sin esmaltar, y me la ofreció.

Pensé que quería vendérmela y saqué dinero para pagarle.

Él negó con la cabeza y con la mano derecha, mientras se negaba efusivamente.

Yo insistí. 

Él volvió a negarse.

Durante unos instantes mantuvimos un pequeño tira y afloja en el que yo no comprendía que me estaba haciendo un regalo y él no comprendía por qué me empeñaba en darle dinero.

Finalmente entendí la situación (—È un regalo!!!), le agradecí sinceramente y acepté la figura, no sin antes preguntarle quién era aquella mujer de arcilla cocida.

—¿Quién es? La donna?

—Persefone.

Fuentes consultadas.

Para seguir leyendo.

Stephen Fry, Mythos. Los mitos griegos revisitados, Anagrama.

Los mitos griegos contados como nunca hasta ahora: como una apasionante novela fantástica. https://www.anagrama-ed.es/libro/argumentos/mythos/9788433964427/A_533

Uso de inteligencia artificial.

Este texto ha contado con apoyo de inteligencia artificial para la corrección de erratas, la estructuración de ideas y la revisión general de coherencia y estilo. La lectura, el enfoque, la interpretación y la redacción final forman parte del trabajo personal.

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