Por qué crear un blog de Humanidades ahora

Vaya momento he elegido para crear un blog. Y, además, sobre temas como arte, historia o literatura, tan poco amigos del consumo rápido.

Abrir un blog en plena era de la inteligencia artificial puede parecer un gesto anacrónico. Volver al texto cuando casi todo se mueve en forma de vídeo, imagen, fragmento, audio breve o pantalla infinita puede parecer incluso absurdo. Hay quien piensa que ya no se escriben blogs, que ese formato pertenece a otro momento de internet, a una época más lenta, quizá más ingenua, en la que todavía entrábamos en una página para leer con calma lo que había escrito alguien.

Y, sin embargo, precisamente por eso, escribir un blog de humanidades ahora me parece más necesario que nunca. Cuanto más absurdo siento el esfuerzo, más sentido le encuentro. 

Pienso: es absurdo, nadie lo va a leer y estás perdiendo muchas horas que podrías invertir en algo más productivo. Pues por eso.

No porque crea que el texto vaya a vencer a la imagen en un giro inesperado de los acontecimientos. Tampoco porque piense que debamos desconfiar del medio digital. Y desde luego no porque quiera refugiarme en la cómoda nostalgia, como si cualquier tiempo pasado hubiera sido mejor.

La cuestión es otra.

En un mundo cada vez más acelerado, más medido, más optimizado, más entregado a los datos y a la respuesta inmediata, escribir se convierte en una forma de resistencia personal. Una manera de recuperar el tiempo de la atención. Una manera de decir: todavía necesito pensar. Y demostrar (a mí misma) que todavía puedo.

Volver al texto cuando todo parece imagen

Estamos rodeados de imágenes. Algunas nos conmueven, otras nos informan, muchas simplemente nos entretienen. Hemos aprendido a mirar por encima. A deslizar. A consumir trocitos de cosas. A pasar de una cosa a otra antes de haber terminado de comprender la primera.

No sé tú, pero yo estoy agotada y enfadada con mi propio comportamiento, porque todo eso que acabo de mencionar es exactamente lo que hago muchas noches antes de cerrar los ojos, probablemente enrojecidos por la pantalla.

El vídeo y la imagen tienen una fuerza inmensa. Pero el texto ofrece otra clase de experiencia. Nos obliga a detenernos de una manera distinta. Nos pide algo que no siempre estamos dispuestos a dar: tiempo y pausa.

Leer un texto no es solo recibir información. Es acompañar una conversación ajena. Es entrar en el orden (o desorden) mental de otra persona. En la lectura no todo ocurre de golpe; algo se va formando lentamente. Una idea encuentra a otra. Una frase abre una puerta. A veces, incluso, comprendemos algo que no sabíamos que nos estaba esperando. Entonces sucede la magia.

Por eso un blog no es necesariamente un artefacto del pasado. Puede ser una pequeña habitación propia en medio del ruido. Un lugar donde el pensamiento no tenga que competir constantemente por llamar la atención. Un espacio donde el lector no sea tratado como usuario, cliente, audiencia o dato, sino como alguien capaz de esperar, relacionar, dudar y sentir.

La inteligencia artificial y la pregunta por lo humano.

La inteligencia artificial está alterando de forma profunda nuestra relación con la escritura, el conocimiento y la creación. Hoy una máquina puede producir textos, imágenes, resúmenes, traducciones, respuestas y simulaciones con una rapidez que hace muy poco tiempo habría pertenecido a la ciencia ficción.

La UNESCO, en su recomendación sobre ética de la inteligencia artificial, insiste en que estos sistemas deben estar al servicio de la dignidad humana, los derechos humanos y la supervisión humana. Dicho de otro modo: la herramienta, por poderosa que sea, necesita una orientación ética.

Ante esto, yo misma he pensado que escribir ya no tenía demasiado sentido. Si una máquina puede redactar, ordenar información o imitar estilos, ¿para qué volver a sentarse ante una página en blanco?

Lo he pensado mucho en las últimas semanas porque, la verdad, las máquinas producen contenido muy bien diseñado si sabes cómo configurarlas.

La respuesta que he encontrado está justamente ahí: porque escribir nunca ha sido solo producir texto.

Escribir y también leer es descubrir qué nos importa. Nos ayuda a ordenar una emoción, a formular una pregunta con nuestras propias palabras. A menudo es reconocer una ignorancia, cuanto más lees menos sabes, cuanto más escribes menos abarcas ¿verdad que conoces esa sensación tan incómoda?. Escribir y leer es aceptar que tenemos pensamientos inconclusos, intuiciones raras, ideas peregrinas… y fascinantes por explorar.

En una era radicalmente digital, donde tantas cosas pueden ser generadas, automatizadas o calculadas, tal vez el arte, la escritura y el regalo de la lectura nos recuerden algo elemental: seguimos siendo humanos.

No solo porque razonamos —quizá las máquinas ya puedan razonar con bastante éxito—, sino porque percibimos y sentimos dentro del cuerpo. Porque nos afecta la belleza. Porque recordamos. Porque necesitamos contar lo que hemos visto. Porque una escultura antigua, un verso, una idea, una pintura o una novela leída en silencio pueden tocarnos de mil maneras diferentes.

¿Percibo, luego existo?

No se trata de denostar la inteligencia artificial, ni tampoco de despreciarla.. Sería una batalla absurda. Se trata de no olvidar aquello que la máquina no puede conocer como nosotros: la experiencia.

La historia ya nos lo ha contado antes.

Tengo la impresión de que la historia ya nos lo ha explicado casi todo. Si sigues leyendo mis textos, verás que esta idea los atraviesa con frecuencia, aunque no siempre me dé cuenta.

No en forma de manual de instrucciones, ni como una colección de respuestas fáciles, sino como una inmensa reserva de experiencias humanas. Cada época ha tenido sus miedos, sus entusiasmos técnicos, sus formas de poder, sus promesas de salvación y sus ruinas.

Todos hemos escuchado alguna vez que «volver al pasado no significa huir del presente» y efectivamente, en mi opinión, significa lo contrario: a veces solo mirando hacia atrás somos capaces de entender mejor lo que nos ocurre hoy.

Las Humanidades conservan esa memoria. Nos recuerdan que otros seres humanos también se preguntaron por el sentido de la vida, qué era una buena vida, qué significaba la justicia, cómo debía organizarse una sociedad, qué lugar ocupaban los dioses, qué podía hacer el arte ante la muerte, cómo se transmite una tradición, qué sucede cuando una ciudad se destruye o cuando una lengua desaparece.

Quizá por eso volver al pasado a través de un blog tenga sentido. Tratar de conectar ideas y entender mejor lo que vivimos. Escribir sobre historia, arte o literatura no es solo un ejercicio cultural: es una forma de pensar el presente con más profundidad y en compañía.

Pensar en un mundo de pantallas y datos

Hoy se nos pide reaccionar mucho y pensar poco. Opinar rápido. Responder rápido. Elegir rápido. Comprar rápido. Compartir rápido. Y lo peor de todo: aprender rápido.

Pero el pensamiento necesita otro ritmo.

Y por eso importa escribir.

No porque escribir nos haga mejores automáticamente, ni porque leer nos salve de todos los males, sino porque ambas cosas entrenan una facultad cada vez más amenazada: la atención profunda. Esa capacidad de permanecer un poco más en una idea, de no abandonarla enseguida, de dejar que nos transforme antes de convertirla en opinión.

Crear para recordar que somos capaces de crear.

Hay algo muy humano en hacer cosas que no sirven para nada. Perder el tiempo, aburrirse, mirar sin propósito claro, ¡mirar el techo! leer por una curiosidad difícil de justificar. Todo eso parece improductivo, pero quizá sea precisamente ahí donde se mueven algunas cosas importantes.

Creo que es en ese espacio aparentemente vacío donde conservaremos nuestra libertad más radical. Es desde ahí desde donde iniciaremos nuestra revolución.

Conclusión abierta.

Crear un blog de Humanidades ahora puede parecer un gesto extraño pero, no quiero caminar hacia el futuro deshumanizada y desmemoriada y escribir es mi mejor herramienta.

Quiero detenerme.

Necesito comprender.

Elijo seguir existiendo como humana.

Fuentes utilizadas

Uso de la inteligencia artificial: corrección de erratas y revisión de tono y voz.

Libro recomendado

Maryanne Wolf, Lector, vuelve a casa.

Sinopsis de Lector, vuelve a casa

En la última década, la manera en que procesamos el lenguaje escrito ha cambiado de manera radical. Vivimos rodeados de pantallas, en muchos casos nos hemos vuelto adictos a ellas, y eso ha suscitado múltiples preocupaciones acerca de cómo eso está cambiando nuestro cerebro y, sobre todo, el de nuestros hijos.

Deja un comentario

Descubre más desde Nínive

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo